SERÁ ORDENANZA*
COLUMNA DE OPINIÓN ||
Empiezo a escribir estas líneas en vísperas de la reunión del Honorable Concejo Deliberante de Mercedes en la que se tratará, a solicitud de sus víctimas, un pedido para que se quite a una calle de la ciudad el nombre de Héctor Cuchietti.
Conozco a Ana, a Marcela, a Liliana, a Silvina y a Mariana, luminosas y valientes mujeres; y me he propuesto escribir para acompañarlas y acompañar su reclamo. Se me ha hecho imprescindible por muchísimas razones de solidaridad, afecto y compromiso, pero también porque en estos días he escuchado algunas voces que, tal vez desde el siglo pasado o desde la oscuridad de la civilización, piden que se “investigue”, “que no se manche el nombre de quien ha sido tan querido y homenajeado en el Instituto Padre Ansaldo”, cuestionan “que resulta raro que denuncien ahora después de 40 años” y al fin, repiten como un mantra todas las clásicas argumentaciones “alla Darthés”.
Creo que no vale la pena a esta altura del debate explicar las razones por las cuáles la víctima es nada más y nada menos que eso: quien le ha puesto cuerpo y psiquis a la aberración, la humillación, el delito y el daño irreparable.
Tampoco debería ser necesario recordar que cuando fueron abusadas eran niñas (la Convención de los Derechos del Niño nos recuerda que todos lo son hasta los 18 años), que quien abusaba era un pastor, un guía espiritual y un adulto con un inmenso poder sobre ellas y sus decisiones, de modo que quebraba fácilmente sus voluntades a la par que las sometía a un rito vergonzante y -vaya paradoja- inconfesable. Ello por no contar que en aquella época (y tal vez ahora) el sacerdote gozaba de aura de santidad dada su condición, amén de sumarle -en el caso puntual de Cuchietti- su impostada bonhomía.
¿Debo entonces explicar a aquellos defensores lo que significa la revictimización, o cuestiones tan elementales como la influencia del medio conservador en el que vivíamos y vivimos; la cultura patriarcal, la represión del recuerdo, el vínculo con el abusador, el temor al rechazo o a las represalias, entre tantas otras cuestiones que vivencia una persona abusada?
Si, en cambio, quienes deben algunas de ellas son las instituciones involucradas.
Sin embargo, el Instituto Padre Ansaldo solo se dirigió a su comunidad exponiendo su dolor, angustia, tristeza y desconcierto que, más bien pareciera ser por la pertenencia del abusador a sus filas, que por el dolor de las víctimas, y convoca a “mantenerse unidos y en oración” a todos sus integrantes.
A su vez el Arzobispado mediante un comunicado se pone a disposición de toda persona que quiera ser escuchada e invitan -o invitan a sus fieles tal vez- a “poner en manos de Dios el dolor”. Por supuesto que no se han privado de prometer algo que parece ser una investigación interna.
No hay pedido de perdón, ni de reparación, ni de solidaridad con las víctimas. Va de suyo que tampoco una autocrítica.
Es claro que sin el compromiso de las iglesias de educar a sus pastores en el respeto y la diversidad y de prevenir los abusos y, finalmente, si no hay un compromiso con la sociedad de denunciar a los abusadores y ponerlos a disposición de la justicia, nada cambiará.
Vaya casualidad, hace apenas unas horas he leído que el hoy ex sacerdote Eduardo José ha sido absuelto considerándose prescriptos los delitos de abuso sexual gravemente ultrajante en perjuicio de Mailín Gobbo. José era el sacerdote de la familia y abusó de ella durante 15 años. Vale la pena leer detalladamente el caso porque resulta prototípico en cuanto a las formas, los manejos y la influencia que ejercía el religioso en la víctima y su familia; así como también lo es respecto del silencio y el encubrimiento de la institución.
Es por todo esto que resulta imperioso que brindemos a Mariana, Anita, Liliana, Marcela y Silvina la primera reparación que la sociedad puede darles y quitemos el nombre de su victimario de cualquier lugar público que suponga un homenaje.
Será ordenanza.
PD: conocí a Cuchietti en mi niñez/adolescencia como tantos otros en aquellos tiempos y me ha llegado en forma digital una foto (que me han dicho que circula en Facebook) en la que compartimos un festejo que bien puede ser una comunión o una fiesta de quince, no lo recuerdo. Pero lo cierto es que me haría mucho bien que me puedan sacar de ahí. Va entonces este mensaje para su poseedor: si desea destruirla cuenta desde ya con mi beneplácito.
