LOS COSOS DE AL LAO

Por Fabián Florella

De pronto se escuchan
rumores de orquesta
es que están de fiesta
los cosos de al lao

(Canet – Larrosa, circa 1950)

 

 

Casualidad o no, “Los cosos de al lao”, tango con el que se lucen en su interpretación -cuando no- Roberto Goyeneche y Edmundo Rivero entre tantos otros, fue estrenado en 1954, habiendo sido compuesto, según varias fuentes coinciden, en los años 40. No es entonces una charada pretender que data de finales de aquellos años 40 y, por lo tanto, que surgió en pleno auge del peronismo como fuente creadora de derechos y de bienestar.

La letra alude despectivamente (coso, en lunfardo es, en efecto, una metáfora peyorativa) a los festejos de una familia del arrabal. Y esa felicidad se celebra, como desde siempre, bailando y cantando, pese a la evidente incomodidad del observador.

Nada ha cambiado parece. A pocos días de que muchos de los barrios de nuestro país, especialmente los económicamente más acomodados, comiencen a decorarse con calabazas caladas iluminadas y niños pidiendo golosinas (que para más bochorno muchos insisten en pretender llamarlas “dulces”); a pocos meses de que nos empalaguen los sanvalentines y temiendo que en un futuro próximo a alguno de nuestros primeros mandatarios se le ocurra perdonar a un pavo, se me han venido a la cabeza las fiestas populares.

No ha sido una aparición azarosa sino más bien el fruto de un extraño optimismo parapetado en la felicidad que provocara en tantos de nosotros el éxito de esa masiva celebración popular que resultó la última Fiesta del Salame Quintero.  Disfrutar y ver disfrutar al aire libre, mate o cerveza en mano, a miles de familias que eligieron compartir ese ritual pagano del encuentro multitudinario, que buscaron y necesitaron la cercanía con los otros como una gran potenciadora del goce y de la diversión, resultó para mi algo parecido a una bella certeza.

No es casual tampoco que en esa fiesta popular, con ritos y artistas populares, el protagonista fuera el pueblo. Allí en el coqueto Parque Municipal, tal como sucede en los corsos y otras tantas manifestaciones colectivas, la letra y  la música, la orquesta y los cantores, el color y la alegría tuvieron el perfume, la pilcha y el desparpajo de los que poco han sabido de victorias.

Hubo una época en donde la Fiesta de San Juan, que maravillosamente describe Serrat, también sucedía aquí en cada uno de los tantos festejos que se nos legaron: carnavales y fogatas, desfiles y bailes. Y era con todos.

Pero las aguas se han partido y las pudorosas clases medias urbanas no se mezclan ya con esos cosos. 

  Hace muchos años que sucede y no solo en las fiestas de la ciudad. Es escandaloso advertir el rechazo de un lado que provoca la bronca enfrente; la mirada desconfiada entre dos mundos que solo se cruzan en los gritos destemplados de una frenada providencial en una esquina, tal vez en una cola de la farmacia de turno o en la espera para emitir el voto. Y no mucho más.

La lejanía, la extrañeza y muchas veces el miedo de los unos, resultan verdaderamente desoladores. No hay interacción posible ni actividades compartidas ni solidaridad con el que ya resulta, por tantas cosas, un extraño.

Mundos distintos. Lugares, deseos y hasta colores distintos.

¿Qué nos habrá pasado, además de mentiras, prejuicios y gobiernos que han minado la esperanza a fuerza de hambre y pobreza?

¿Qué ven cuando nos ven? Seguramente lo que no quieren ser, decididamente el espanto de no querer estar jamás en ese lugar.

Es que ellos no celebran, no al menos cuando la celebración es multitudinaria, y casi con certeza no nos movilizan las mismas emociones. No los conmueve la alegría popular ni la alegría del otro. Más bien desprecian la algarabía y, con seguridad, temen al desenfreno.

Y es muy posible que mientras lo único que les importe del otro sea solamente aquella mirada del igual, que terminará siendo su infierno según la maravillosa metáfora de Sartre, nosotros seguiremos siendo para ellos, orgullosamente claro, los cosos de al lao.