La vida breve
Por Fabián Florella
La muerte duele, vaya Perogrullo. Pero la muerte violenta espanta. La muerte de un niño no solo duele y espanta, consterna. Duele hasta la locura a sus padres y a toda su gente, duele a la memoria colectiva martillándole como una alarma pétrea.
La muerte absurda de un niño en una fiesta popular es un dolor infinito.
La muerte de Braian es un dolor definitivo para los que amamos las fiestas populares, para quienes celebramos a las multitudes celebrando.
La muerte de Braian duele tanto como para dejar a un lado el corso y sus festejos y solo pensar en su familia y en su vida breve.
La muerte de Braian duele también a quienes amamos el carnaval; a quienes lo reivindicamos, con sus tensiones y sus desenfrenos, como breve liberación carnestolenda de la andanada de opresiones e injusticias que tantos y tantos viven y que tienen esos cuatro días únicos de desconexión sideral en una vida de esfuerzo, bolsillos flacos y cabeza gacha.
Duele con específico dolor a quienes el bien común nos resulta un objetivo innegociable, a quienes entendemos la vida comunitaria como una interacción permanente y necesaria, a quienes revindicamos los encuentros y los abrazos; a quienes preferimos los desfiles de carrozas, comparsas y murgas por sobre los desfiles militares.
Duele a los que sabemos que ya nada será igual a partir de ahora.
Duele porque imaginamos a otros, a los que el dolor les libera los sentimientos que apenas disimulan en público (por ahora), clamando por la guetificación de los carnavales o por la privatización del festejo. Allí estarán, más temprano que tarde, pidiendo por la cancelación de las fiestas populares o exigiendo que las lleven bien lejos, al Parque, al barrio “de ellos”; implorando porque se haga realidad su sueño un día cumplido por una sangrienta dictadura que, para más pena y dolor, si hiciera falta, eliminó el feriado de carnaval; recuperado por un gobierno popular que nos devolvió la memoria y la alegría.
La Vida Breve es una magnífica novela de Juan Carlos Onetti a la que no le es ajena el carnaval ni la muerte. Fue publicada en el año 1950, época de grandes cambios políticos y sociales en Latinoamérica, y es parte una otrora incipiente corriente literaria marcada por la búsqueda de la identidad nacional y de un estilo propio como respuesta a un mundo que comenzaba a globalizarse.
Cuenta la vida de un hombre solitario y desesperado que busca el sentido de su existencia en un mundo que parece haber perdido todo significado; una reflexión sobre la condición humana y la búsqueda de la identidad en un contexto mundial ya complejo y atomizado.
Todo ese contexto de perenne actualidad que nos rodea, que rodeaba la vida breve de Braian; así como paradójicamente explica la breve vida del carnaval como ritual pagano de liberación y sublimación.
El carnaval y los corsos, los juegos de agua y de nieve, siempre han tenido episodios de tensión. La propia esencia del carnaval ha contribuido a un desenfreno que en muchos casos se expresa con violencia. Esta vez la violencia fue demasiado grande y demasiado absurda, como grande y absurda, aunque no definitiva, afortunadamente, es la violencia que se ejerce desde arriba hacia los de abajo. Violencia de humillación y desesperanza. Violencia de falta de trabajo y sueldos magros. Violencia de jornadas laborales inagotables y platos vacíos. Violencia generada por la mentira y el cinismo. La violencia brutal de los ganadores para con los perdedores.
La violencia que debemos desterrar como comunidad poniendo los méritos colectivos por sobre los individuales; bregando para lograr definitivamente que el éxito individual sea visto como lo que es, parte de un proceso colectivo impulsado en gran parte por las políticas públicas que hoy nos escamotean.
Es preciso trabajar para descorrer el velo meritocrático, para que se comprenda que no es cierto que los que menos tienen han fracasado o no se han esforzado lo suficiente. Y para conseguir que los que han obtenido algún éxito agradezcan a la sociedad y expresen ese agradecimiento acompañando las políticas sociales como una forma de devolución al esfuerzo colectivo que les permitió ese bienestar.
No es momento hoy de centrar el debate y discutir -con quienes nada quieren discutir- si las celebraciones populares deben acotarse, limitarse o suspenderse.
Estamos inmersos en la profunda consternación de la violenta muerte infantil y se impone acompañar como sociedad a la familia de Braian, a su dolor y a sus necesidades.
Pero cuando llegue el momento deberemos estar todos juntos para que ni siquiera imaginen –aquellos que hoy exhiben calculado espanto– que pueden venir por más; para defender las ideas que propicien el encuentro de toda la sociedad en lugares comunes, para que la calle sea de todos, para que el ruido de las celebraciones se imponga sobre los silencios de oficina; para que volvamos a compartir los espacios públicos, los clubes, las escuelas; para ser una sola sociedad, íntegra e integrada. Una comunidad organizada en torno de bien común.
