LAS DIMENSIONES DE UN CRACK
Por Fabián Florella
Soy maradoniano de la única manera que se puede serlo y que es la que no hace falta explicar, aun cuando lo que siga parezcan puras explicaciones.
Soy maradoniano desde el principio porque disfruté de la genialidad de Diego; pero también lo soy porque disfruté de su amor.
Fui maradoniano en la victoria y lo fui –y lo soy aún más– en la derrota, porque también hay un modo de perder maradoniano al que suscribo sin reparos.
Perder maradonianamente es, antes que nada, perder la tibieza.
Perder maradonianamente es perder contra los poderosos y, siempre, perder contra la vida. Perderse en la falopa y el alcohol, como tantas veces se pierde siendo perdedor, y pobre, que casi siempre es lo mismo.
Perder maradonianamente es perder del lado del sur pobre y de los jubilados; del lado de los locos, de los outsiders, de los perseguidos, de los laburantes; perder del lado de los perdedores. Perderlo todo, tantas veces, pero del lado de los que uno quiere y de los que te quieren; de los que también preferimos, si hay que perder, perder del lado de Diego; poner las manos en el fuego por Diego y -como él- a riesgo de quemarnos. Porque las manos en el fuego cuando no hay ningún peligro las pone cualquiera.
Diego eligió perderse y perder así. De ese lado, mostrando las heridas; exhibiendo su humanidad y el tobillo como una naranja; pero jamás sacando el cuerpo.
Soy maradoniano porque prefirió el puro con Fidel al brindis con Bush. Y porque sentarse en la mesa de Havelange, en el living de Berlusconi, debería haber sido infinitamente más cómodo que clavarse un sartenazo en una cueva de Nápoles.
Soy maradoniano porque su lucha es mi lucha, Víctor Hugo.
Soy maradoniano porque Diego me emocionó y me emociona. Me emocionan sus virtudes y sus errores. Y si, yo también viviría como él.
Los ídolos y los próceres tienen categorías, tal vez subjetivas y caprichosas, con matices y bordes más o menos definidos que van desde lo intocable a lo terrenal parando en todas las estaciones.
Los monstruos y los asesinos también tienen categorías. De loquito suelto a loco peligroso, de asesino múltiple a genocida.
Cualquiera puede encontrarse con un monstruo o un asesino de cualquier pelaje y darle la mano. Dirá luego que el contexto, que el protocolo; que las obligaciones y los compromisos contractuales. O no dirá nada.
Nada dirán tampoco los que tanto insistieron con aquello de que debía separarse el jugador de la persona, los que tanto machacaron en contrastar al fenómeno futbolístico incuestionable con el ser humano reprochable. Finalmente tuvieron razón.
