HISTORIA DE UN FERVOR SOBERANO

Por Fabián Florella

Se pregunta mi entrañable amigo Guido Tiberi, en un artículo publicado recientemente ¿Quiénes somos los argentinos cuando no estamos hablando de Inglaterra? ¿Somos capaces de responder esa pregunta a partir de nuestra historia, nuestra cultura y un proyecto propionecesitamos permanentemente a Inglaterra -como enemigo, como modelo o como referencia- para recordar quiénes somos? Y se responde, con acierto, que las Malvinas son una cuestión irrenunciable de soberanía argentina, pero que la identidad argentina es infinitamente más grande que las Malvinas.

Su reflexión tiene, por supuesto, el marco de la épica victoria de la Selección Argentina de Fútbol frente a Inglaterra en el reciente Mundial de 2026 y el fervor soberano que ese encuentro desata en todos nosotros.

Me pareció un gran disparador, no para un debate, puesto que comparto las ideas de su aguda reflexión, sino para ensayar algunas explicaciones siendo que -como Guido- también soy contemporáneo de aquellos acontecimientos del 2 de abril de 1982 y sus consecuencias que son, en gran parte, los que potenciaron nuestro apego sentimental al Archipiélago y su inmediata asociación con la idea de soberanía. No hay argentino en la faz de la tierra que no asocie directa y naturalmente esas dos ideas: soberanía y Malvinas.

Recuerdo con tristeza aquel 2 abril. Estaba en quinto año del Colegio NacionalHubo festejos y algarabía en el recreo de las 9 y tanto de la mañana. Nos dieron asueto -algo absolutamente excepcional por aquellos años- fuimos a la plaza. Cuando llegué a mi casa mi vieja estaba llorando. Despotricaba especialmente contra Galitieri. Míralo ahí en el balcón, se siente Perón ese fantoche que ni a los tobillos le llega; y acto seguido sentenció entre lágrimas: va a ser una tragedia. No lo entendí mucho en ese momento. Vaya si tenía razón.

El reclamo por la cuestión Malvinas tenía una gran intensidad muchísimo antes de aquella funesta fecha del desembarco. De hecho, cantábamos asiduamente la Marcha de Las Malvinas en los actos escolares, canción que aún hoy recuerdo y puedo cantar de memoria. Pero no puedo ser capaz de discernir si la cuestión Malvinas se nos hizo más presente luego de aquel 2 de abril de 1982.

Me atrevo a afirmar, sin embargo, que la mutación definitiva de nuestros sentimientos la provocó no ya la Guerra sino el dolor, y es esa pulsión la hemos legado a las generaciones venideras y la que nos pone a flor de piel el fervor soberano por MalvinasDolor por los muertos, por los mutilados, por soldados argentinos torturados por sus propios jefes, por la cobardía de estos jefes, por los ex combatientes suicidados, por los ex combatientes olvidados, por las condiciones en que nuestros soldados estuvieron en el frente de batalla.

Y dolor por la deshonestidad de los gobernantes, que se convirtió en fraude frente al incierto destino de las donaciones que en dinero y en bienes nos lanzamos a recolectar con desbordante devoción patriótica. Cierto fue en cambio que los miles de kilos de lana convertidos en pulóveres y bufandas, y las toneladas de chocolates, al igual que los millones de pesos entregados, jamás sabremos donde fueron a parar;aunque de lo que tenemos absoluta certeza es que se quedaron a cientos de kilómetros de lastrincheras.

¿Tal vez sea entonces el dolor de la posguerra lo que nos moviliza y nos embandera con el reclamo de soberanía por Las Islas y que ese dolor-nacido en la creciente democracia- tocó su punto más alto en junio del 86?

En cualquier caso, lo que resulta innegable es que el desembarco en Puerto Argentino y sus consecuencias nos alejaron definitivamente de las Islas del Atlántico Sur, al menos de la forma que lo pretendemos. De ser un territorio olvidado por Inglaterra, con ciudadanos de segunda, pasó a ser una base militar con un ingreso per cápita digno de los países más ricos de Europa gracias a los permisos de pesca, que no son otra cosa que la explotación de los recursos naturales de la Argentina.

Posiblemente la coyuntura, la importancia estratégica en cuanto a su ubicaciónhubieran terminado de todos modos por convertirlas en un enclave militar; pero, de no mediar la Guerra, hubiera sido muchísimo más difícil militarizarlas y convertirlas en una base estratégica para la OTAN en su disputa por el liderazgo mundial con China y Rusia.

Sin esa dolorosa guerra estaríamos sin dudas más cerca, los habitantes de Las Islas nos seguirían necesitando y respetando, aunque más fuera como vecinos incómodos.

Y tal vez hasta hubiéramos conseguido compartir la soberanía e izar las dos banderas en la Perdida Perla Austral, algo que no es lo que queremos, pero que hubiera significado un paso y una victoria.

Pero, por otra parte, nuestra idea y nuestra militancia respecto de la soberanía no debe limitarse a Malvinas, como tampoco nuestra argentinidad debe mirar a Inglaterra para ser tal, como bien dice Guido.

Y ello no ocurre. Cualquier cuestión de soberanía -educativa por ejemplo si nos ceñimos al financiamiento de la universidad pública– no concita el interés masivo multitudinario, no tiene ni por asomo el consenso que logra la cuestión Malvinas.

Lo mismo ocurre con la deuda externa, la pobreza, la desindustrialización o la destrucción de la Patria por parte de los gobiernos antipopulares que hoy tenemos o que supimos conseguir; que preocupan y generan mucho menos consenso que la cuestión Malvinas.

Tan cierto es todo esto que se pretende votar una ley -que cínicamente y para esconder su verdadera finalidad nuestros cipayos más profundos pretenden llamar Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada- que va a permitir a los extranjeros comprar toda la tierra que quieran en Argentina, incluso en las zonas de frontera. Tan cierto es que se están apropiando de nuestros recursos naturales y nuestra agua.

Y eso moviliza a pocosLas movilizaciones que se llevarán a cabo en contra de lo que lisa y llanamente es una ley de extranjerización de tierras o también una Ley de Resignación Absoluta y Perpetua de Nuestra Soberanía y Nuestros Recursos Naturales, no van a juntar ni un décimo de las personas que estuvieron festejando el triunfo contra Inglaterra el glorioso 15 de julio pasado.

Hoy un 5% del territorio nacional está en manos extranjeras. Equivale a la superficie de la Provincia de Santa Fe o, paradójicamente, a la superficie de Inglaterra. Tierras productivas, tierras con reservas enormes de agua, litio y tierras raras; tierras que quieren los extranjeros -y también algunos nacionales- para especular y someter. A nadie le importa. Pero si les importa a todos, más que nada en el mundo, que en el fútbol le ganemos a Inglaterra.

No es casual. Gramsci define a la hegemonía como la capacidad de una clase social dominante de ejercer una dirección intelectual, moral y política sobre el resto de la sociedad, logrando que las clases subordinadas acepten su visión del mundo como algo natural e inevitable.

Pero ello solo tal vez no alcance, porque nuestra obsesión contra Inglaterra se limita al fútbol ¿Será entonces porque el fútbol es quizá el único ámbito en donde podemos presumir de tener cierto poder, ciertas credenciales, frente a ese país rico, desarrollado, hegemónico y hegemonista? ¿Será que el fútbol es la guerra por otros medios?

No pasa en el boxeo cuando se enfrentan púgiles de ambas nacionalidades, ni en el hockey, el básquet o en cualquier otro deporte. Y menos aún en el rugby donde, lejos de la salvaje rivalidad, parece un partido entre amigos.  

ninguna cuestión de soberanía se nos pasa por la cabeza si miramos la Premier League, o escuchamos a Los Beatles y nos conocemos de memoria sus canciones. No nos moviliza la rabia por el empréstito Baring Brothers o las Invasiones Inglesas; menos aún por la firma del -para muchos desconocido- Tratado Roca Runciman. Y no nos conmueve ni un poco pensar que durante años se llevaban a precio de ganga nuestras materias primas para devolvérnoslas como manufacturainfinitamente más caras.

Pasa entonces con el fútbol, extrañamente o no. Una historia que para muchos empezó con Rattin y ese banderín del corner con los colores de Gran Bretaña estrujados por la mano de capitán argentino. Pero que se resignificó con el Mundial 86, tan cercano en el tiempo a la Guerra de Malvinas y al dolor de la posguerra que tan fuerte latía en aquel entonces.

No tengo una explicación, simplemente ensayo algunas. Tampoco tengo explicación para el orgullo que sentimos por nuestra Selección mientras todo se derrumba, mientras nos están quitando a la vista de todos y sin ningún escándalo las últimas esperanzas de ser una Nación digna y soberana (también justa, por supuesto). No lo sé, pero a mi también se me va la vida en esos partidos. Porque ganarle a Inglaterra, como dijo aquel legendario título de El Gráfico, es ganar mil veces.

MALVINAS Y LA IDENTIDAD NACIONAL

Por Guido Alberto Tiberi

Hay cuestiones históricas que uno puede estudiar en los libros. Y hay otras que forman parte de la propia vida.

Para quienes vivimos la guerra de Malvinas en 1982, las islas no son solamente una cuestión diplomática o territorial. Son también un recuerdo personal. Forman parte de una experiencia que difícilmente pueda ser comprendida del mismo modo por quienes nacieron después. Yo viví aquella guerra y quizás por eso me cuesta aceptar la forma en que, con el paso del tiempo, las Malvinas fueron convirtiéndose en un elemento casi obligatorio de la identidad nacional.

Recuerdo demasiado bien cómo empezó todo. No fue una epopeya nacional espontánea, sino una decisión tomada por una dictadura militar que gobernaba un país atravesado por una profunda tragedia política, institucional y humana. La recuperación de las islas despertó un sentimiento patriótico genuino en millones de argentinos, pero ese sentimiento fue inmediatamente utilizado por un régimen que encontró en Malvinas una oportunidad para recuperar legitimidad. Durante un tiempo lo consiguió. El país volvió a sentirse unido.

La guerra, sin embargo, mostró rápidamente la distancia entre el patriotismo de los discursos y la realidad de los jóvenes enviados a combatir. Mientras ellos luchaban en las islas, la vida cotidiana continuaba. Se jugaba el Mundial de España, los campeonatos locales seguían disputándose y el país no detuvo completamente su rutina. No lo digo para condenar a nadie. La vida continúa incluso en medio de las tragedias. Pero esa simultaneidad revela que el patriotismo real suele ser mucho más complejo que el que luego construye la memoria colectiva.

La derrota dejó otra contradicción todavía más difícil de explicar. Los soldados regresaron, pero durante años fueron prácticamente ocultados. Aquellos jóvenes que habían sido enviados a combatir en nombre de la patria pasaron a convertirse en un recordatorio incómodo de un fracaso que la sociedad y el Estado parecían querer olvidar. Primero fueron exaltados; después, silenciados. Esa contradicción continúa siendo una de las heridas más profundas que dejó la guerra.

Con el tiempo, la cuestión Malvinas adquirió una nueva dimensión política. Mientras la reivindicación soberana permanecía como uno de los grandes consensos nacionales, la Argentina avanzaba, en muchos otros aspectos, hacia formas crecientes de dependencia económica, financiera y política. Esa convivencia entre un fuerte discurso soberano y una realidad marcada por condicionamientos externos plantea una pregunta incómoda: ¿puede una sociedad ser profundamente nacionalista respecto de un territorio y, al mismo tiempo, profundamente dependiente en otros aspectos decisivos de su vida? La experiencia argentina parece demostrar que sí.

Quizás por eso Malvinas terminó ocupando un lugar tan central en nuestra identidad. Es una de las pocas cuestiones capaces de producir una sensación inmediata de unidad nacional. Allí desaparecen, al menos por un instante, las diferencias políticas, sociales e ideológicas. Todos pueden coincidir en una misma afirmación: “Las Malvinas son argentinas”. Pero esa coincidencia no alcanza para construir una identidad nacional. Una nación no se define únicamente por aquello sobre lo que todos están de acuerdo, sino también por el proyecto común que es capaz de construir respecto de su educación, su justicia, su economía, su cultura y su democracia.

Siempre me llamó la atención que la cuestión Malvinas reaparezca con tanta intensidad cada vez que la Argentina enfrenta deportivamente a Inglaterra. El fútbol carga esos partidos de un simbolismo que parece convertirlos en una revancha histórica. Sin embargo, los jugadores actuales no combatieron en la guerra y muchos ni siquiera habían nacido cuando ocurrió. Si necesitamos permanentemente a Inglaterra para reafirmar nuestra identidad, entonces Inglaterra sigue ocupando un lugar demasiado importante dentro de esa identidad.

Existe además otra paradoja. En la Argentina abundan los discursos contra el colonialismo y la dependencia, mientras muchas veces se admira automáticamente todo aquello que proviene del exterior. Se supone que lo importado es mejor, que los modelos ajenos son superiores y que el reconocimiento extranjero constituye una medida de nuestro propio valor. Pero la dependencia no consiste solamente en obedecer; también consiste en mirar permanentemente hacia otro para saber cuánto valemos. Una nación puede rechazar el colonialismo territorial y, al mismo tiempo, conservar formas mucho más sutiles de dependencia cultural.

Por eso creo que las Malvinas deben ocupar un lugar importante, pero no el lugar central de nuestra identidad nacional. Son una cuestión irrenunciable de soberanía. Son parte de nuestra historia. Son el recuerdo de una guerra absurda y, sobre todo, de los jóvenes que fueron enviados a combatir y que durante demasiado tiempo no recibieron el reconocimiento que merecían. Pero no deberían convertirse en la única manera de sentirnos argentinos.

La Argentina también es su lengua, su literatura, su ciencia, sus universidades, su música, su cultura, su enorme territorio continental y su capacidad de creación. Es, asimismo, sus fracasos, sus crisis, sus dictaduras, sus errores y sus contradicciones. Una identidad nacional madura no se construye únicamente con aquello de lo que uno se siente orgulloso; también debe ser capaz de reconocer aquello que hizo mal. Quizás la verdadera independencia consista precisamente en empezar por allí.

Yo viví la guerra. Viví el entusiasmo inicial, la derrota, el regreso de los soldados y el largo silencio que vino después. Por eso me resulta imposible mirar Malvinas como una simple consigna. Para mí, Malvinas es también una pregunta sobre la Argentina: sobre su historia, sus gobiernos, sus guerras, sus dependencias y, sobre todo, sobre su identidad.

Porque todavía debemos responder una pregunta esencial: ¿quiénes somos los argentinos cuando no estamos hablando de Inglaterra? Si somos capaces de responderla a partir de nuestra historia, nuestra cultura y un proyecto propio, entonces tendremos una identidad nacional. Pero si necesitamos permanentemente a Inglaterra —como enemigo, como modelo o como referencia— para recordar quiénes somos, tal vez el problema no esté solamente en las Malvinas. Tal vez el problema esté en nosotros.

Y quizás la verdadera independencia consista en poder afirmar, al mismo tiempo y sin contradicción, que las Malvinas son una cuestión irrenunciable de soberanía argentina, pero que la identidad argentina es infinitamente más grande que las Malvinas.

DE GOLPE

Por Fabián Florella

 

Hoy no hay clases dijo nuestra madre cuando despertamos; pero no se puede salir a la calle, está prohibido, agregó inmediatamente. Vino luego una breve explicación de un golpe militar y un cambio de gobierno.Y lo que para mis cinco hermanos fue un pedido, un aviso y una orden, para el niño de once años que era yo en aquel entonces, fue una invitación a hacerlo.

​Y allí fui inmediatamente, ni bien me pude escabullir de esa casa aún sin llaves, a la Plaza San Luis, a la esquina de mi casa. Era una mañana de otoño, de un sol tibio que recuerdo tanto como el pesado silencio de las calles, las persianas bajas y la sensación de que no era un día cualquiera.

​Volví asustado, con la sensación de haber cometido un acto que podía ser severamente sancionado y me senté frente al televisor donde comenzaron a aparecer, precedidas de acordes marciales, lo que hoy sé que se llaman placas televisivas, con comunicados numerados en forma ascendente, leídos por una voz firme y grave, en los que cada tanto se iban sucediendo frases y palabras que nunca había escuchado -“control operacional”, “población civil”- mezcladas con otras que hablaban de orden y de valores occidentales y cristianos.

​Así empezó el que es, para mí, el día más triste de la Historia de Nuestra Nación y al que solo comparo, no tal vez en importancia sino en tristeza, con el domingo gris en que, volviendo de la Liga Mercedina de Fútbol caminando con mi padre, nos enteramos de que había comenzado la guerra en las Islas Malvinas.

​Así empezó, hace 50 años, un camino de dolor. Un dolor que fue creciendo y multiplicándose exponencialmente a medida que comenzaron a develarse el horror y la crueldad; los crímenes inimaginables que nos laceraban con solo nombrarlos.

​Hasta que una vez volvimos a votar. Y lo que fuimos allí a elegir fue menos un partido político que la vida democrática. Votamos con la esperanza de que jamás se vuelva a interrumpir la vigencia de la Constitución, de los derechos, de las garantías, de la libertad. Votamos con las heridas abiertas, con el corazón hecho un trapo. Y con miedo. Porque aún teníamos miedo. Miedo al terror del pasado y miedo a no poder sostener los frágiles cimientos de la recuperada institucionalidad.

​Y llego un momento en que lloramos mucho. Lloramos sobre todo con las historias del horror. Lloramos con el Nunca Más, con el Juicio a las Juntas; con La Noche de los Lápices y La Historia Oficial. Y llorábamos todos, los grandes y los jóvenes, los radicales y los peronistas. Y nos abrazábamos, y decíamos que nunca másiban a volver. Y juntos fuimos a la Plaza de Mayo en abril del 85, cuando las presiones políticas y económicas amenazaban la incipiente democracia; como juntas estuvieron todas las fuerzas políticas en los alzamientos militares y en aquellas Pascuas del 87.

​Así de esperanzador era el futuro y, a pesar de que la economía nos acorralaba, no dejábamos de andar todos juntos ese camino.

​Sin embargo, extrañamente -o tal vez no tanto- a cincuenta años de la tragedia más grande de la Argentina, muchos de aquellos que lloraron y marcharon a nuestro lado, se niegan a mantener viva la Memoria, la Verdad y la Justicia.

​¿Qué les pasó? ¿Cuándo abandonaron los ideales del humanismo, de la civilización, de la justicia? ¿Cuándo se olvidaron de que nuestra democracia es hija de aquel dolor?

​¿Cuándo fue que dejaron de llorar y se fueron a sentar del lado de los verdugos? ¿Cómo fue que les pasó eso a algunos de nuestros concejales, vecinos de una ciudad que tiene 23 personas detenidas-desaparecidas y muchísimas víctimas de aquel infierno?

​¿Cuándo dejaron de avergonzarse y al hablar de las víctimas decir que no fueron 30 mil?  ¿Cuándo llegaron tal vez a pensar que ya no es necesario recordar y condenar o, peor, que no les correspondía a ellos hacerlo?

​La Memoria, la Verdad y la Justicia, al igual que el Nunca Más, son patrimonio del Pueblo Argentino. Recordar y condenar esa parte de la Historia, a la que no queremos volver, es una acción profundamente política -sin dudas- pero no es partidaria, ni es declamatoria, ni estampoco progresismo vacío.

​Por el contrario, es imprescindible, necesario, humano, histórico, justo y universal. Es un acto de defensa de la dignidad, un acto de amor por la democracia recuperada y de profundo rechazo a los peores delitos cometidos por la humanidad. No hay Patria sin memoria, verdad y justicia; sin un completo y total repudio al terrorismo de estado, sin enfatizar que fue una dictadura cívico-militar- eclesiástica. No hay Patria sin condena al horror.

LAS DIMENSIONES DE UN CRACK

​Por Fabián Florella

 

 

Soy maradoniano de la única manera que se puede serlo y que es la que no hace falta explicar, aun cuando lo que siga parezcan puras explicaciones.

Soy maradoniano desde el principio porque disfruté de la genialidad de Diego; pero también lo soy porque disfruté de su amor.

Fui maradoniano en la victoria y lo fui y lo soy aún más en la derrota, porque también hay un modo de perder maradoniano al que suscribo sin reparos.

Perder maradonianamente es, antes que nada, perder la tibieza.

Perder maradonianamente es perder contra los poderosos y, siempre, perder contra la vida. Perderse en la falopa y el alcohol, como tantas veces se pierde siendo perdedor, y pobre, que casi siempre es lo mismo.

Perder maradonianamente es perder del lado del sur pobre y de los jubilados; del lado de los locos, de los outsiders, de los perseguidos, de los laburantes; perder del lado de los perdedores. Perderlo todo, tantas veces, pero del lado de los que uno quiere y de los que te quieren; de los que también preferimos, si hay que perder, perder del lado de Diego; poner las manos en el fuego por Diego y -como él- a riesgo de quemarnos. Porque las manos en el fuego cuando no hay ningún peligro las pone cualquiera.

Diego eligió perderse y perder así. De ese lado, mostrando las heridas; exhibiendo su humanidad y el tobillo como una naranja; pero jamás sacando el cuerpo.

Soy maradoniano porque prefirió el puro con Fidel al brindis con Bush. Y porque sentarse en la mesa de Havelange, en el living de Berlusconi, debería haber sido infinitamente más cómodo que clavarse un sartenazo en una cueva de Nápoles.

Soy maradoniano porque su lucha es mi lucha, Víctor Hugo.

Soy maradoniano porque Diego me emocionó y me emociona. Me emocionan sus virtudes y sus errores. Y si, yo también viviría como él.

Los ídolos y los próceres tienen categorías, tal vez subjetivas y caprichosas, con matices y bordes más o menos definidos que van desde lo intocable a lo terrenal parando en todas las estaciones.

Los monstruos y los asesinos también tienen categorías. De loquito suelto a loco peligroso, de asesino múltiple a genocida.

Cualquiera puede encontrarse con un monstruo o un asesino de cualquier pelaje y darle la mano. Dirá luego que el contexto, que el protocolo; que las obligaciones y los compromisos contractuales. O no dirá nada.

​​Nada dirán tampoco los que tanto insistieron con aquello de que debía separarse el jugador de la persona, los que tanto machacaron en contrastar al fenómeno futbolístico incuestionable con el ser humano reprochable. Finalmente tuvieron razón.

La vida breve

Por Fabián Florella

La muerte duele, vaya Perogrullo. Pero la muerte violenta espanta. La muerte de un niño no solo duele y espanta, consterna. Duele hasta la locura a sus padres y a toda su gente, duele a la memoria colectiva martillándole como una alarma pétrea.

La muerte absurda de un niño en una fiesta popular es un dolor infinito.

La muerte de Braian es un dolor definitivo para los que amamos las fiestas populares, para quienes celebramos a las multitudes celebrando.

La muerte de Braian duele tanto como para dejar a un lado el corso y sus festejos y solo pensar en su familia y en su vida breve.

La muerte de Braian duele también a quienes amamos el carnaval; a quienes lo reivindicamos, con sus tensiones y sus desenfrenos, como breve liberación carnestolenda de la andanada de opresiones e injusticias que tantos y tantos viven y que tienen esos cuatro días únicos de desconexión sideral en una vida de esfuerzo, bolsillos flacos y cabeza gacha.

Duele con específico dolor a quienes el bien común nos resulta un objetivo innegociable, a quienes entendemos la vida comunitaria como una interacción permanente y necesaria, a quienes revindicamos los encuentros y los abrazos; a quienes preferimos los desfiles de carrozas, comparsas y murgas por sobre los desfiles militares.

Duele a los que sabemos que ya nada será igual a partir de ahora.

Duele porque imaginamos a otros, a los que el dolor les libera los sentimientos que apenas disimulan en público (por ahora), clamando por la guetificación de los carnavales o por la privatización del festejo. Allí estarán, más temprano que tarde, pidiendo por la cancelación de las fiestas populares o exigiendo que las lleven bien lejos, al Parque, al barrio “de ellos”; implorando porque se haga realidad su sueño un día cumplido por una sangrienta dictadura que, para más pena y dolor, si hiciera falta, eliminó el feriado de carnaval; recuperado por un gobierno popular que nos devolvió la memoria y la alegría.

La Vida Breve es una magnífica novela de Juan Carlos Onetti a la que no le es ajena el carnaval ni la muerte. Fue publicada en el año 1950, época de grandes cambios políticos y sociales en Latinoamérica, y es parte una otrora incipiente corriente literaria marcada por la búsqueda de la identidad nacional y de un estilo propio como respuesta a un mundo que comenzaba a globalizarse.

Cuenta la vida de un hombre solitario y desesperado que busca el sentido de su existencia en un mundo que parece haber perdido todo significado; una reflexión sobre la condición humana y la búsqueda de la identidad en un contexto mundial ya complejo y atomizado.

Todo ese contexto de perenne actualidad que nos rodea, que rodeaba la vida breve de Braian; así como paradójicamente explica la breve vida del carnaval como ritual pagano de liberación y sublimación.

El carnaval y los corsos, los juegos de agua y de nieve, siempre han tenido episodios de tensión. La propia esencia del carnaval ha contribuido a un desenfreno que en muchos casos se expresa con violencia. Esta vez la violencia fue demasiado grande y demasiado absurda, como grande y absurda, aunque no definitiva, afortunadamente, es la violencia que se ejerce desde arriba hacia los de abajo. Violencia de humillación y desesperanza. Violencia de falta de trabajo y sueldos magros. Violencia de jornadas laborales inagotables y platos vacíos. Violencia generada por la mentira y el cinismo. La violencia brutal de los ganadores para con los perdedores.

La violencia que debemos desterrar como comunidad poniendo los méritos colectivos por sobre los individuales; bregando para lograr definitivamente que el éxito individual sea visto como lo que es, parte de un proceso colectivo impulsado en gran parte por las políticas públicas que hoy nos escamotean.

Es preciso trabajar para descorrer el velo meritocrático, para que se comprenda que no es cierto que los que menos tienen han fracasado o no se han esforzado lo suficiente. Y para conseguir que los que han obtenido algún éxito agradezcan a la sociedad y expresen ese agradecimiento acompañando las políticas sociales como una forma de devolución al esfuerzo colectivo que les permitió ese bienestar.

No es momento hoy de centrar el debate y discutir -con quienes nada quieren discutir- si las celebraciones populares deben acotarse, limitarse o suspenderse.

Estamos inmersos en la profunda consternación de la violenta muerte infantil y se impone acompañar como sociedad a la familia de Braian, a su dolor y a sus necesidades.

Pero cuando llegue el momento deberemos estar todos juntos para que ni siquiera imaginen aquellos que hoy exhiben calculado espanto que pueden venir por más; para defender las ideas que propicien el encuentro de toda la sociedad en lugares comunes, para que la calle sea de todos, para que el ruido de las celebraciones se imponga sobre los silencios de oficina; para que volvamos a compartir los espacios públicos, los clubes, las escuelas; para ser una sola sociedad, íntegra e integrada. Una comunidad organizada en torno de bien común.

EL MARISCAL

Por Fabián Florella

 

La elección de los candidatos de lo que fue por unas horas la lista de unidad de Unión por la Patria dejó descontento y desazón en el pueblo y también, sobre todo, en nuestra ciudad; aunque la noticia dio lugar -una vez más- para las incalificables mofas de los predicadores del odio hacia el precandidato que no fue, materializados en memes y otros formatos del mundo “troll”.

Finalmente hubo quienes, además de la frustración propia, sumaron a su sentimiento el dolor y la tristeza que, descartaban, podía embargar al fallido candidato.

Mas no hace falta ser confidente ni revistar en su círculo íntimo para poder afirmar que no hay dolor alguno, como tampoco hay tristeza o frustración posibles para quien siempre antepuso los intereses colectivos por sobre los individuales. Proyecto, militancia y lucha están por encima de ambiciones personales y cargos públicos, por notorios e importantes que estos sean. Solo basta con escucharlo y, lo más importante, verlo en acción.

El dirigente, el funcionario público, el hombre de leyes, nunca dejó de ser el militante que es, desde el primer momento en que abrazó la lucha sindical o de derechos humanos, y más adelante la política partidaria, el objetivo estuvo por encima de todo.  

Estaré donde me necesiten, donde pueda serle útil almovimiento y a la Patria, suele decir. Y ahí está, con su sonrisa, otra vez trabajando y en contacto con el Pueblo. En los festejos por los 271 años de su/nuestra amada Mercedes, con las mismas ganas, con la misma fuerza y la misma convicción con la que ayer entraba a la Casa Rosada haciéndole un guiño a la historia como máximo exponente de  los hijos de la generación diezmada, aquellos que el genocidio de la dictadura cívico militar quiso cegar, pretendiendo que sus ideales y sus sueños se acababan con el fin de sus generosas vidas.

Los que creemos fervientemente en la política como vehículo de transformación de la sociedad y de la Patria hacia horizontes más justos, soberanos, inclusivos, y en libertad, usamos el neologismo “cuadrazo” para condecorar a los mejores. Quien realmente ama el ejercicio de la política no debe sentir orgullo más grande que el que se siente cuando a su nombre le cuelgan el adjetivo de “cuadrazo. Y, además de un gran dirigente, Wado es un cuadrazo, el mejor de todos.

No dudó en empuñar el bastón de mariscal que reclamaba Cristina a la militancia. Wado se cargó al hombro el orgullo y los valores del kirchnerismo para disponerse a defender no solo proyectos y conquistas propias, sino la gestión de gobierno, que no le era tan propia y mucho menos tan propicia.

Su renunciamiento es el broche de oro de su coherencia militante. Un renunciamiento sin egos y sin rencores. Su generosidad, su preparación, sus horas de trabajo, su honestidad y su resiliencia no han sido ni serán en vano.

Hay futuro.

Y hay futuro porque hay (o habrá, no lo dudo) wadismo.

Hay en Wado un líder y una bandera. Se lo ganó con su coraje, con su militancia impar y con su trabajo. Hay mucho por hacer y el Mariscal que se galardonó en el campo de batalla está listo para dar la pelea definitiva.

Ya vendrá ese tiempo y seremos muchos los que estaremos junto a él.

Porque siempre valdrá la pena acompañar a quienes se empecinan en torcer la historia y enfrentarse a la impudicia y la soberbia del poder. Y porque siempre será un orgullo estar de ese lado de la vida.

Rengos de amor

Por Fabián Florella

 

 

Los odiadores de siempre tuvieron, como efímeras imágenes del tan deseado apocalipsis que no fue, la ansiada foto de la basura en la calle y su videíto de viernes con la policía interviniendo en una gresca menor.

La oposición política podrá montar su show y solicitar una especie de rendición de cuentas acerca de cuestiones contractuales, que jamás fueron secretas ni privadas, como excusa para no reconocer el éxito de una gestión.

Pero nada más.

Otra vez la celebración resultó una fiesta. Como la del Salame, la de la Cerveza o el Mastaii- la presentación de La Renga tuvo todos los ingredientes de una fiesta popular que le dio un matiz distintivo al caluroso sábado de enero.

Fue, como lo queríamos y lo soñamos tantos, un pacífico desborde de alegría y color; vislumbrada en la previa en cada parrilla improvisada o en cada juntada bajo la sombra de los árboles y, luego del concierto, en los cuerpos fatigados, sudados, polvorientos -pero henchidos de amor y felicidad- del pueblo rengo que también tuvo tiempo para el sincero agradecimiento que nos brindaron a todos los mercedinos, no solo por parte de los artistas sino también quienes vinieron a verlos.

Mercedes tuvo otra vez, gracias a un gobierno popular que está dispuesto a tomar riesgos de los buenos y brindarle a sus ciudadanos espectáculos de calidad a precios razonables y a pocas cuadras de su casa, un gran acontecimiento cultural de masas.

Y de paso, o no tanto, un evidente beneficio económico directo derivado del consumo de las más de cuarenta mil almas que asistieron, como así también el beneficio -indirecto- que significa instalar la ciudad y sus atractivos en la agenda nacional y provincial como un polo turístico y, porqué no, como una plaza de fuste para la realización de otros espectáculos multitudinarios.

Y fue otra vez en el templo de las fiestas populares que son los espacios públicos, que es la calle y también el Parque Municipal, porque es allí donde todos pueden disfrutar plenamente y por igual más allá de algún lógico desborde -normal en semejante movilización- de alguna meada inconveniente o de algún rezagado durmiendo en la puerta de una casa.

No hay celebración más perfecta que la que ocurre en un espacio público y con artistas populares abrazados por el pueblo en la calle. Ni en un microestadio, ni en un teatro. Ni siquiera en una cancha, sino allí en ese lugar sagrado que es de todos.

Fue, al fin y al cabo, una hermosa noche con el inmejorable marco que siempre brinda nuestro bello Parque.

Habrá para mejorar, seguro. Hubo errores, claro. Pero sobró la solidaridad de nuestra gente, sostenida -una vez más como en la pandemia entre otras emergencias- por uno de los pilares de la activa sociedad civil como lo son los clubes, que se abrieron -generosos y dignos- ofreciendo mucho más que un simple lugar de acampe.Vivimos una verdadera e inolvidable fiesta popular. Habrá quienes protesten porque no trajeron un ballet; otros que pedirán por un artista que exprese mejor sus gustos estéticos y musicales. Pero lo cierto es que pasó por Mercedes la mayor expresión artística de la Argentina en términos de masividad en la que, tanto los vecinos de a pie como sus dirigentes, dieron la talla.

Y todos, al menos los que nos emocionamos cuando las mayorías populares son las principales invitadas al festejo y forman parte de él, disfrutamos y agradecemos la oportunidad de vivir estos hermosos encuentros del pueblo con sus artistas.

Siempre habrá que pedir, como dice Silvio Rodríguez, que nos perdonen “los muertos de nuestra felicidad”. Vayan entonces las disculpas a quienes tuvieron que sufrir las molestias, los ruidos, la basura por unas horas, que tal vez hayan sido largas puertas adentro. Estoy seguro de que ya se está trabajando para, en el futuro, minimizarlos o, porque no, convertirlos en una ventaja para los vecinos.

Pero, en cualquier caso, debemos entender también que la vida en comunidad reclama esas mínimas incomodidades, esfuerzos o pequeñas concesiones individuales en beneficio de las mayorías. Porque así como agradecemos o aprobamos la presencia del Estado cuando nos mejora la calidad de vida con obras, salud pública, alumbrado, creación de espacios verdes o políticas inclusivas de cualquier índole, también debemos aceptar y entender que por la puerta de nuestros hogares pueda transcurrir un poco de la historia cultural de nuestro pueblo. Aunque nos ensucien los portales.

Ninguna fiesta popular es “inocua”. San Fermín, el Tour de France, los desfiles militares y tantas otras, ocurren en las calles, frente las casas de miles de personas que viven naturalmente esos mítines; porque la calle es históricamente el lugar de los festejos y las manifestaciones del pueblo.

Ojalá este encuentro sirva para interpelarnos como vecinos acerca del valor del espacio público y su uso por parte de la comunidad. Y que lo sea más allá de los discursos que nos instan a tener como única preocupación el brillo de la vereda nuestra, aunque a la del vecino le falten las baldosas que nosotros celosamente e inútilmente guardamos.

Y más allá también de que quienes denostan y aborrecen las manifestaciones populares en las calles sean los mismos que expresan su euforia cuando los bares ocupan plazas, aceras y veredas para hacer más rentable su negocio.

Por eso, y por tantas otras cosas, yo ofrezco mi calle para que otra fiesta del pueblo suceda. Porque, como dice la canción, “sin esta gente pa’ qué cojones quiero pasar”.

 

 

EL COMBUSTIBLE Y LOS DINOSAURIOS (A propósito de la “solicitada” de Juntos)

Por Fabián Florella

Allá por 1983 celebrábamos ruidosamente la lúcida metáfora de Charly y soñábamos que, definitivamente, los dinosaurios iban a desaparecer. Era el sueño de todos. Del pueblo peronista y del radical;  de los intransigentes y de la izquierda; el de los ingenuos e incluso también el de los escépticos que -seguramente a su pesar y arrastrados por la primavera democrática- creyeron que aquella  categoría paleontológica se iba a desterrar para siempre de la Historia Argentina.

Permanece inalterable en imaginario popular que la suerte del peronismo en las elecciones presidenciales que marcarían el inicio de la esta nueva era quedó echada cuando uno de sus candidatos, frente a un ataúd de fantasía (con la leyenda de su oponente político), osó prenderlo fuego.

Casi 40 años después de aquellas horas felices de recuperación de la democracia los dinosaurios, lejos de desaparecer y dolorosamente vivos, son la materia prima del combustible con el que se puede incendiar el orden institucional.

Lo que penosa e impúdicamente la oposición de Juntos -sin ruborizarse- publica como una solicitada es, lisa y llanamente, violencia política (para peor orgánica, institucional); antecedente emocional insoslayable en el consciente colectivo estimulado infinitamente por el poder mediático, del atentado a la vida de la Sra. Vicepresidenta de la Nación.

Un panfleto burdo, escandaloso, infame. Impropio de una fuerza que puede sin dudas jactarse de haber contado siempre entre sus filas con  intelectuales capaces de debatir filosamente, con espíritu crítico y delicada pluma, ideas y proyectos.

Una diatriba con un fallido igual de burdo (e imperdonable) que pone en blanco sobre negro su despreocupación por la verdad, por el rigor de los textos y por el esclarecimiento de los hechos trascendentales de la vida y la lucha política argentina. El incendiario líbelo, con letras mayúsculas de gran tamaño, refiere equivocadamente a Jorge (Julio) López; símbolo de la memoria, la verdad y la justicia que testimonió valientemente frente a un Tribunal (y a su verdugo) respecto de los padecimientos a los que él y otras víctimas de los delitos de lesa humanidad fueron sometidos por la dictadura cívico militar de la que emergió la Argentina a finales de aquel 1983, y a la postre le costó su desaparición.

El vergonzante y gigantesco fallo pone en evidencia el débil compromiso de la coalición firmante para con las políticas de juicio y castigo a los culpables de los años más dolorosos para nuestro pueblo.

Y decimos error pensando que en la publicación han querido referirse al condenado José Francisco López y de ningún modo han pretendido mancillar la memoria de aquella víctima, aún desaparecido, pues, si así fuera, la irredimible ofensa tendría como objetivo no solo a un puñado de dirigentes, sino todos y cada uno de los argentinos que  hemos dicho Nunca Más.

Duele entonces no solo la escalada de la violencia verbal publicada que ataca a valiosos dirigentes mercedinos que trabajan incansablemente por una ciudad mejor y cuyo resultado está a la vista de todos, sino que la cobarde agresión no se encuentre siquiera acompañada de alguna crítica a la gestión, alguna propuesta, una idea para debatir.

No hay denuncia ni señalamiento. Solo la rastrera estrategia de mencionar a un condenado por corrupción (nunca sabremos quien le pagó para corromperse, aunque en el origen de muchos de sus billetes pueda adivinarse el color amarillo) junto al nombre de la más importante lideresa popular de la Argentina y de tres de los más reconocidos dirigentes de la ciudad.

Cualquiera que conozca la integridad, la convicción, el compromiso y la lucha de Wado, Gerónimo y  Juani sabrán que no son lo mismo que el nefasto personaje de frecuente y amigable trato con el  “amigo del alma” de Macri. Aquellos que no los conocen los podrán juzgar por su gestión, por su trabajo a favor de nuestra ciudad y por la transparencia de sus actos.

Sin embargo no podemos dudar que quienes pergeñaron la vergonzosa publicación tampoco son lo mismo que Alem, Irigoyen y Alfonsín o, aquí más cerca, que Pedro Martín Aguirre o Pancho Torres, por nombrar solo alguno de los valiosos dirigentes del radicalismo mercedino hoy emparentado con ideas impropias de aquel Movimiento de Renovación y Cambio que, con hidalguía y nobleza,  pusieron su solidaridad y sus ideas en la búsqueda de una Mercedes mejor.

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