Por Fabián Florella
La sirena de los bomberos es un sonido de mi infancia. La recuerdo rugir en las siestas veraniegas o en cualquier tarde de la Plaza San Luis, casi una prolongación de mi patio por entonces.
Anunciaba tragedias y, sin embargo, no me provocaba angustia sino algo que hoy puedo recordar como una suerte de tensión. Creíamos con mis hermanos adivinar, a partir de la duración de ese ulular, de sus cortes y de sus reiteraciones, cuál iba a ser la misión de esa jornada. Se me ocurre que nos habíamos puesto de acuerdo que, si sonaba mucho tiempo e insistentemente, estábamos ante un incendio de magnitud.
De todos modos no había dios que detuviera nuestra inmediata corrida hacia “los bomberos” apenas la escuchábamos sonar. Ese lugar situado a la vuelta de mi casa que jamás se nos ocurrió que pudiera ser un cuartel. Era simplemente los bomberos, una referencia insoslayable del barrio, un pequeño orgullo que nos pertenecía.
En nuestra loca carrera los gritos maternos de “cuidado al cruzar la calle” sonaban ingenuos. En aquel tiempo podíamos atravesar la calle 15 con los ojos cerrados sin rozar el cordón de la vereda, que otrora resultaba solo una referencia urbana, pero nunca un límite o una división, la calle era una sola, acera y calzada. Y era tan nuestra como la Plaza, tan mía como los tapiales de mi manzana que recorría diariamente a poco que los mayores de mi casa se distrajeran un minuto.
Llegábamos al lugar casi siempre antes que la mayoría de los bomberos y ahí empezaba nuestro disfrute, la función comenzaba cuando a los pocos segundos llegaban ellos. Aparecían como un rayo, etéreos y mágicos sobre sus bicicletas y nos regalaban el primer momento de felicidad saltando como acróbatas de ellas y tirándolas con una naturalidad que se nos antojaba aprendida para luego continuar sus destrezas con una corta carrera hacia los vestuarios de los que salían, en un par de minutos, ya definitivamente vestidos de héroes. Chaqueta de cuero, botas, casco.
Tan impactante era ese momento de la llegada, tan significativo y fundante, que cuando jugábamos con hermanos y amigos a los bomberos el imprescindible y emocionante primer acto consistía en la imitación de aquel salto de las bicis para luego arrojarlas, procurando imitar a nuestros admiradas estrellas que tenían la rara habilidad de lograr que cuando las lanzaban -luego de desmontar cual jinetes- las bicis recorrían un par de metros en dos ruedas para luego posarse en una pared, sobre la que caería como en un puzzle la del próximo bombero.
Venía después el ritual de la salida del camión (no le decíamos autobomba sino simplemente el camión de los bomberos), un momento de máxima tensión motivado por los sonidos de la sirena y del viejo motor gasolero. El bólido rojo arrancaba chillando y en dos saltos estaban todos arriba, unos sentados, otros, a quienes más nos gustaba observar, se colgaban de los pasamanos para continuar hacia el destino parados en los estribos.
El atildado autobomba tenía, invariablemente a pesar de que existían varios camiones, una lenta velocidad inicial y una no muy mayor velocidad final, lo que hacía que detrás de la esa mole bermellón se formara una numerosa estela de bicicletas y motos que pretendían seguirla hasta su destino.
Si el lugar del incendio se ubicaba a una distancia que nos lo permitiera, cosa que muy pocas veces ocurrió, hasta allí llegábamos corriendo y sobresaltados para verlos en acción, poniendo en marcha con notable precisión y en cuestión de segundos la salida de los potentes chorros destinados a evitar o aliviar la catástrofe. Sin embargo, lo habitual era que nos quedáramos en la puerta de salida esperándolos volver, transpirados y tiznados, para escuchar de prestado el relato de su faena.
Por supuesto que el saludo de alguno de ellos significaba una medalla, nos hinchábamos de orgullo. Si en aquella época me preguntaban si quería ser amigo del gran Rubén José Suñé o de un bombero, intuirán de antemano la respuesta.
Entrar al cuartel, conocerlo, recorrer sus rincones era, fuera del inalcanzable y soñado viaje en autobomba, el mayor deseo. El camión, siempre reluciente con sus manijas y sus picos de mangueras de bronce, era la verdadera obsesión. Creo haber subido alguna vez, a hurtadillas, a mirar esa joya inalcanzable.
Claro que quise ser bombero, que con nuestros amigos y con mi hermano (ay, aquellos roles de género!) anhelábamos ser nosotros los dueños del asombro de otros niños y no tan niños que nos vieran llegar, partir, volver y, por supuesto, realizar un acto heroico como tantos que supimos, como otros que imaginamos.
Agradezco a la vida haber nacido allí, haber vivido mi infancia con la sirena de los bomberos sonando en mi casa como si fuera propia y haber tenido esos ídolos infantiles. No recuerdo cuando tomé conciencia de la voluntariedad de la profesión, hecho que sin dudas reforzó una admiración y un agradecimiento que me durará para siempre.
Todo esto ha venido caprichosamente a mi memoria en momentos en que la solidaridad pretende ser cuestionada pese al fracaso de la meritocracia y esfuerzo individual como recetas para una sociedad más feliz o más justa. Los bomberos voluntarios son los adalides de la solidaridad, del pensar en el otro; porque para salvar o ayudar a otros no hay ser un emprendedor talentoso sino tener un fuerte compromiso social y la convicción de que los grandes proyectos y logros son colectivos. Nadie se salva solo.
Por eso, en un año de dolor y de pandemia, pero también de reparaciones -entre ellas la casi segura pronta sanción de la ley para fortalecer el Sistema Nacional de Bomberos Voluntarios que ha sido ya aprobada por nuestros Diputados- vaya mi saludo y mi reconocimiento para mis héroes de la infancia, los Bomberos Voluntarios de Mercedes, orgullo de mi barrio y mi ciudad, silenciosos cultores de la ética de la solidaridad.
