“Cenizas”

Por Mariana Cáceres

 

 

 

Me llamo Clara Ortíz y hace catorce años y un día, que no vuelvo a “La Luisa”, mi casa de la infancia.

Unas semanas atrás, recibí un llamado del único cementerio que existe y existirá en mi vida . Una voz afónica y lejana , me ofreció la cremación de los restos de mi madre antes de renovar el nicho por un año más. Acepté y luego de transferir el dinero recibí un e-mail con la fecha asignada para el trámite : un día después del aniversario de su muerte.

Hoy, 6 de enero de 2004 a las 11 a.m ya estoy aquí , después de manejar 354 kilómetros ahogados en caminos de polvo caliente.

Paso el gran pórtico y a la izquierda se encuentra la administración. Me anuncio desde la puerta y una voz detrás de un tabique de durlock me responde:

– Llegó temprano, ya la llamo.

Ese impulso automático de esperar sentada me hace caminar hacia una silla de plástico abandonada en el hall de entrada, pero no me siento. Salgo de la sombra fresca de techos altos y voy bajo el sol del camino de palmeras hasta el Cristo muerto, yacente, con María recostada sobre la gran cruz de la que cuelga el manto sagrado. Pintada de un blanco nuevo y rígido, se compone una escena indiferente a los duelos y a las lágrimas. La cara de la virgen brilla con expresión plástica y un despiadado enduido, borra el tiempo hecho grieta en la piedra caliza. En la base de la escultura se talló una inscripción: “consummatum est” . Y en el mismo segundo que la frase se traduce en mi mente, un hombre bajito se asoma a la puerta y la hace palabra:

– “Ya está hecho … el formulario , pase a firmar” .

Su particular estatura me hace recordarlo; no su cara, no su nombre que nunca conocí. Y ahora, al saber que siempre estuvo aquí, me sorprendo al sentir una extraña y familiar tranquilidad. Pasaron los años pero no tantos todavía: el hombrecito aún existe y yo también.

Buscando un bolígrafo en la cartera, toco el llavero de la casa hundido en el fondo del bolsillo y pienso en todo lo que quedó allí atrapado, al igual que en estas bóvedas abandonadas sin muertos, con cadenas y candados encerrando un pasado que también se desvaneció.

Firmo la autorización para que lo hagan sin mí y me avisen cuando tenga que pasar a retirar las cenizas. El hombre tiene una vieja Parker verde en su mano.

– ¿Va a visitarla ? No vino el florista hoy.

– Ya me voy, gracias y buenos días – le respondo con la confianza de no ser juzgada.

Antes de irme , le saco una foto a la lámpara apagada símbolo de la vida eterna y de fondo a la copa de las palmeras con un cielo celeste sin nubes. Tengo sed . Se desploma el calor del mediodía sobre los últimos doce kilómetros que me faltan recorrer. Lleno la botella con agua del dispenser que está al lado de la silla de plástico y salgo para “La Luisa” sin pensar para no arrepentirme.

El último tramo es el camino de las alamedas, refresca un poco bajo esta sombra tupida de verano. De lejos lo veo al casero, que levanta la mano para saludarme. Toco bocina y sigo. Sigo sin pensar para no retroceder. Me detengo unos doscientos metros antes de llegar, con la idea de caminar consciente esos pasos que di tantas veces en sueños y también en pesadillas.

Tomo las llaves, la lapicera mas una libreta que compré especialmente y avanzo con todo en las manos.

Hace catorce años, con el amanecer, llegué a La Luisa cuando mi madre acababa de morir. Ese mismo día, por la tarde, se hizo el sepelio. Volví a la casa a recoger mis cosas y algunos documentos necesarios para trámites. Del resto se ocuparía el casero. A modo de despedida recorrí las habitaciones, el comedor, la sala de estar y de la cocina me llevé una lata antigua de té Mazawatte .

No me animé en ese momento a leer todas las palabras que mi madre había escrito en las paredes de la casa, palabras que se iban debilitando en su memoria, que perdían significado día tras día y necesitaba retener de algún modo. No quise descifrar los recorridos de sus pensamientos, ni enterarme de lo que fue importante para ella y se resistía a olvidar. No pude o no quise llevarme a Buenos Aires esas palabras que nunca serían mías, las dejé ahí como quien deja una radio prendida, pensando que tal vez algún día , volvería a buscarlas.

Ese día es hoy. Pongo la llave y entro dejando la puerta abierta para no sentirme tan en soledad con la historia que había quedado encerrada allí. Abro las ventanas para que los sonidos de afuera (un pájaro, el molino de viento o un tractor a lo lejos ) me rescaten del silencio de la casa por si me pierdo en él como en un laberinto.

Abro mi libreta y empiezo a anotar : “Cora la mujer de Pedro el casero” , “ veterinario Santiago ”, “La Luisa es mi casa”, “me sale bien la tarta de manzana” , “ Louis Armstrong”, “Perdoname Ernesto” , “viví en Madrid siete años“, “mi perro Rex” , “Clara, Amelia y Toto“, “Toto murió“ , “salamandra”, “me llamo Mercedes Acuña” ,“Olavarría” , “Acacia negra”, “Clara es mi hija”, “Mecha y Toto”, “me gustan primavera y otoño”, “nació el 4 de marzo de 1970”

No puedo imaginar la soledad que sintió cuando las palabras escritas en la pared ya no le recordaron quién era y se olvidó de si misma. Cuánto desconcierto al descubrir que sus anotaciones ya no la ayudaban a regresar al lugar conocido y de certezas que había intentado retener: su propia vida.

Anoté en la libreta todas sus voces para sacarlas de la casa y reunirlas al fin con mi madre en forma de cenizas. Mucho antes de su muerte se habían separado, y ya era hora de que se volvieran a encontrar.

“Soy Mercedes”, “laurel”, “guitarra”, “alameda“, “Clara en su bicicleta roja”.