La conmovedora historia de Carlos Mazú: encontró a su madre biológica después de 45 años

La mujer, Inés Cuenca, oriunda de Suipacha, lo tuvo a sus dieciséis años, fruto de una relación circunstancial con un cabo del Ejército. El bebé le fue quitado de sus brazos y entregado a una pareja de Mercedes que venía de atravesar una tragedia familiar.

 

 

 

 

Mazú, esposo y padre de tres hijos, precandidato a concejal por el partido Principios y Valores, no sabe decir qué lo llevó a despertarse un día de noviembre de 2022 y plantearse que quizás su origen no era el que le habían transmitido sus padres.

“Me crié en una buena familia, me amaban. Mi papá era jefe del Correo y murió cuando yo tenía cuatro años. Seguí viviendo con mi madre y mi abuelo materno, que falleció cuando yo tenía ocho. Después cuidé de mi mamá hasta sus últimos días”, contó Mazú durante una visita a los estudios de Radio Meridiano.

Antonio ‘el Negro’ Mazú había sucumbido producto de “un cáncer galopante” que su esposa Edith Graciani atribuyó siempre al disgusto que sufrieron al perder a un hijo nacido en 1971, que falleció ahogado en una tolva de maíz, en Ohiggins.

Tal vez la buena posición económica del matrimonio (“en ese momento mi padre ganaba muy bien”) abonó en Carlos la idea de que podría haber sido comprado. Casi sin familiares directos (tiene apenas unas primas lejanas que no saben nada del tema), no tuvo a quien recurrir para sacarse la duda.

Se lo contó a dos grandes amigos suyos, Carlos Garro y César Luis Zalazar (precandidato a intendente por el partido de Guillermo Moreno), y aunque a ambos les pareció descabellado lo apoyaron en su intención de iniciar un camino de búsqueda de la verdad. El año pasado se contactó con Abuelas de Plaza de Mayo y el 22 de mayo último se hizo la prueba de ADN.

Mucho antes, Inés Cuenca habían iniciado en Suipacha la búsqueda de ese hijo que creyó nena (eso le dijeron) y del que nunca conoció su rostro porque aparentemente había nacido muerto. Cuando Inés quedó embarazada de un cabo del Ejército que cumplía funciones en Mercedes, su madre la echó del rancho que habitaban. Sobrevivió en situación de calle hasta que, una semana antes de dar a luz, “un auto blanco” del que no recuerda la marca ni el modelo la levantó y la llevó a la casa de la partera Celia Lescano de Maggi, en Mercedes.

De ese lugar sólo retuvo una imagen borrosa de la puerta de entrada y a la hija de Maggi dándole una pastilla “para que se tranquilizara”. Cuando despertó ya no estaban ni su panza ni su bebé. De regreso en Suipacha, la mantuvieron encerrada durante un tiempo, y su madre y tres de sus hermanas (son seis en total) intentaron convencerla de que “la nena” había fallecido. Pero ella no lo creyó y regresó una y otra vez a esa casa, a golpear esa puerta que nunca nadie abrió. Sólo una vez Maggi (que aparece vinculada a otros casos de sustitución de identidad) la enfrentó y le dijo que dejara de preguntar porque los denunciaría a ella y a su familia.

En pandemia, Cuenca (que es madre de otros cinco hijos) se acercó a la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi) y dejó su muestra de ADN. El entrecruzamiento con la base de datos de Abuelas hizo que finalmente madre e hijo se descubrieran a apenas treinta kilómetros de distancia. El martes pasado le avisaron a Carlos que su mamá biológica estaba viva y ese mismo dia se comunicaron por videollamada. Ayer miércoles viajó a Suipacha con su esposa y sus hijos Nicolás, Luna y Bianca, que pudieron conocer a su verdadera abuela paterna.

Por no estar vinculado a un hecho de terrorismo de estado, su hallazgo no será anunciado como un logro de las Abuelas. Pero Carlos no descarta de plano algún nexo entre la sustitución de identidad que sufrió y la dictadura. “Mercedes ha sido un centro grande de clandestinidad”, sostiene, y advierte que muy cerca puede haber otros casos como el suyo, de gente que no conoce verdaderamente quién es.

Aunque sabe que por su posición económica y la necesidad de paliar el dolor que lo consumía, su padre “del corazón” pudo haber pagado por él, no le guarda rencor. “Eran un matrimonio mayor, que sufrió mucho”, dice. La partida de nacimiento ubica su llegada a este mundo en la propia vivienda de los Cazú-Graciani, pero Carlos ansía ahora conocer más detalles: “Alguien debe saber algo”, arriesga.

Mientras tanto se abre a una nueva vida, con cinco hermanos menores que él (que siempre se creyó hijo único) y una madre que lo buscó hasta que hace pocas horas pudo, finalmente, estrecharlo entre sus brazos.