HISTORIA DE UN FERVOR SOBERANO
Por Fabián Florella
Se pregunta mi entrañable amigo Guido Tiberi, en un artículo publicado recientemente ¿Quiénes somos los argentinos cuando no estamos hablando de Inglaterra? ¿Somos capaces de responder esa pregunta a partir de nuestra historia, nuestra cultura y un proyecto propio o necesitamos permanentemente a Inglaterra -como enemigo, como modelo o como referencia- para recordar quiénes somos? Y se responde, con acierto, que las Malvinas son una cuestión irrenunciable de soberanía argentina, pero que la identidad argentina es infinitamente más grande que las Malvinas.
Su reflexión tiene, por supuesto, el marco de la épica victoria de la Selección Argentina de Fútbol frente a Inglaterra en el reciente Mundial de 2026 y el fervor soberano que ese encuentro desata en todos nosotros.
Me pareció un gran disparador, no para un debate, puesto que comparto las ideas de su aguda reflexión, sino para ensayar algunas explicaciones siendo que -como Guido- también soy contemporáneo de aquellos acontecimientos del 2 de abril de 1982 y sus consecuencias que son, en gran parte, los que potenciaron nuestro apego sentimental al Archipiélago y su inmediata asociación con la idea de soberanía. No hay argentino en la faz de la tierra que no asocie directa y naturalmente esas dos ideas: soberanía y Malvinas.
Recuerdo con tristeza aquel 2 abril. Estaba en quinto año del Colegio Nacional. Hubo festejos y algarabía en el recreo de las 9 y tanto de la mañana. Nos dieron asueto -algo absolutamente excepcional por aquellos años- fuimos a la plaza. Cuando llegué a mi casa mi vieja estaba llorando. Despotricaba especialmente contra Galitieri. Míralo ahí en el balcón, se siente Perón ese fantoche que ni a los tobillos le llega; y acto seguido sentenció entre lágrimas: va a ser una tragedia. No lo entendí mucho en ese momento. Vaya si tenía razón.
El reclamo por la cuestión Malvinas tenía una gran intensidad muchísimo antes de aquella funesta fecha del desembarco. De hecho, cantábamos asiduamente la Marcha de Las Malvinas en los actos escolares, canción que aún hoy recuerdo y puedo cantar de memoria. Pero no puedo ser capaz de discernir si la cuestión Malvinas se nos hizo más presente luego de aquel 2 de abril de 1982.
Me atrevo a afirmar, sin embargo, que la mutación definitiva de nuestros sentimientos la provocó no ya la Guerra sino el dolor, y es esa pulsión la hemos legado a las generaciones venideras y la que nos pone a flor de piel el fervor soberano por Malvinas. Dolor por los muertos, por los mutilados, por soldados argentinos torturados por sus propios jefes, por la cobardía de estos jefes, por los ex combatientes suicidados, por los ex combatientes olvidados, por las condiciones en que nuestros soldados estuvieron en el frente de batalla.
Y dolor por la deshonestidad de los gobernantes, que se convirtió en fraude frente al incierto destino de las donaciones que en dinero y en bienes nos lanzamos a recolectar con desbordante devoción patriótica. Cierto fue en cambio que los miles de kilos de lana convertidos en pulóveres y bufandas, y las toneladas de chocolates, al igual que los millones de pesos entregados, jamás sabremos donde fueron a parar;aunque de lo que tenemos absoluta certeza es que se quedaron a cientos de kilómetros de lastrincheras.
¿Tal vez sea entonces el dolor de la posguerra lo que nos moviliza y nos embandera con el reclamo de soberanía por Las Islas y que ese dolor-nacido en la creciente democracia- tocó su punto más alto en junio del 86?
En cualquier caso, lo que resulta innegable es que el desembarco en Puerto Argentino y sus consecuencias nos alejaron definitivamente de las Islas del Atlántico Sur, al menos de la forma que lo pretendemos. De ser un territorio olvidado por Inglaterra, con ciudadanos de segunda, pasó a ser una base militar con un ingreso per cápita digno de los países más ricos de Europa gracias a los permisos de pesca, que no son otra cosa que la explotación de los recursos naturales de la Argentina.
Posiblemente la coyuntura, la importancia estratégica en cuanto a su ubicación, hubieran terminado de todos modos por convertirlas en un enclave militar; pero, de no mediar la Guerra, hubiera sido muchísimo más difícil militarizarlas y convertirlas en una base estratégica para la OTAN en su disputa por el liderazgo mundial con China y Rusia.
Sin esa dolorosa guerra estaríamos sin dudas más cerca, los habitantes de Las Islas nos seguirían necesitando y respetando, aunque más fuera como vecinos incómodos.
Y tal vez hasta hubiéramos conseguido compartir la soberanía e izar las dos banderas en la Perdida Perla Austral, algo que no es lo que queremos, pero que hubiera significado un paso y una victoria.
Pero, por otra parte, nuestra idea y nuestra militancia respecto de la soberanía no debe limitarse a Malvinas, como tampoco nuestra argentinidad debe mirar a Inglaterra para ser tal, como bien dice Guido.
Y ello no ocurre. Cualquier cuestión de soberanía -educativa por ejemplo si nos ceñimos al financiamiento de la universidad pública– no concita el interés masivo multitudinario, no tiene ni por asomo el consenso que logra la cuestión Malvinas.
Lo mismo ocurre con la deuda externa, la pobreza, la desindustrialización o la destrucción de la Patria por parte de los gobiernos antipopulares que hoy tenemos o que supimos conseguir; que preocupan y generan mucho menos consenso que la cuestión Malvinas.
Tan cierto es todo esto que se pretende votar una ley -que cínicamente y para esconder su verdadera finalidad nuestros cipayos más profundos pretenden llamar Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada- que va a permitir a los extranjeros comprar toda la tierra que quieran en Argentina, incluso en las zonas de frontera. Tan cierto es que se están apropiando de nuestros recursos naturales y nuestra agua.
Y eso moviliza a pocos. Las movilizaciones que se llevarán a cabo en contra de lo que lisa y llanamente es una ley de extranjerización de tierras o también una Ley de Resignación Absoluta y Perpetua de Nuestra Soberanía y Nuestros Recursos Naturales, no van a juntar ni un décimo de las personas que estuvieron festejando el triunfo contra Inglaterra el glorioso 15 de julio pasado.
Hoy un 5% del territorio nacional está en manos extranjeras. Equivale a la superficie de la Provincia de Santa Fe o, paradójicamente, a la superficie de Inglaterra. Tierras productivas, tierras con reservas enormes de agua, litio y tierras raras; tierras que quieren los extranjeros -y también algunos nacionales- para especular y someter. A nadie le importa. Pero si les importa a todos, más que nada en el mundo, que en el fútbol le ganemos a Inglaterra.
No es casual. Gramsci define a la hegemonía como la capacidad de una clase social dominante de ejercer una dirección intelectual, moral y política sobre el resto de la sociedad, logrando que las clases subordinadas acepten su visión del mundo como algo natural e inevitable.
Pero ello solo tal vez no alcance, porque nuestra obsesión contra Inglaterra se limita al fútbol ¿Será entonces porque el fútbol es quizá el único ámbito en donde podemos presumir de tener cierto poder, ciertas credenciales, frente a ese país rico, desarrollado, hegemónico y hegemonista? ¿Será que el fútbol es la guerra por otros medios?
No pasa en el boxeo cuando se enfrentan púgiles de ambas nacionalidades, ni en el hockey, el básquet o en cualquier otro deporte. Y menos aún en el rugby donde, lejos de la salvaje rivalidad, parece un partido entre amigos.
Y ninguna cuestión de soberanía se nos pasa por la cabeza si miramos la Premier League, o escuchamos a Los Beatles y nos conocemos de memoria sus canciones. No nos moviliza la rabia por el empréstito Baring Brothers o las Invasiones Inglesas; menos aún por la firma del -para muchos desconocido- Tratado Roca– Runciman. Y no nos conmueve ni un poco pensar que durante años se llevaban a precio de ganga nuestras materias primas para devolvérnoslas como manufacturas infinitamente más caras.
Pasa entonces con el fútbol, extrañamente o no. Una historia que para muchos empezó con Rattin y ese banderín del corner con los colores de Gran Bretaña estrujados por la mano de capitán argentino. Pero que se resignificó con el Mundial 86, tan cercano en el tiempo a la Guerra de Malvinas y al dolor de la posguerra que tan fuerte latía en aquel entonces.
No tengo una explicación, simplemente ensayo algunas. Tampoco tengo explicación para el orgullo que sentimos por nuestra Selección mientras todo se derrumba, mientras nos están quitando a la vista de todos y sin ningún escándalo las últimas esperanzas de ser una Nación digna y soberana (también justa, por supuesto). No lo sé, pero a mi también se me va la vida en esos partidos. Porque ganarle a Inglaterra, como dijo aquel legendario título de El Gráfico, es ganar mil veces.
