“El 24”
Por Mariana Cáceres
¿Dónde te encuentra el calor silencioso de la siesta? Recorriendo aburrida el techo, las molduras, los caireles de la araña: redondos, alargados como gotas, biselados con forma de rombo y envueltos en olas de olor a pollo que llega de la cocina.
Afuera, el cielo brillante encandila las calles insoladas y vacías.
La luz del sol enciende el asfalto y entra por las rendijas de la celosía entreabierta como tus ojos. Viajás adormecida por las miles de partículas que flotan en esa claridad filtrada.
Son tres los que se recostaron en la cama de la abuela, el cuarto más fresco, las almohadas más tiernas. Hay colchones en el piso y un catre viejo en la salita.
La prima creció, tiene piernas largas, cola firme de jugar al volley y las uñas de los pies pintadas de rojo. Te encanta. No se tapa con la sábana, no tiene tu vergüenza. Escuchás el zumbido afónico de todos los ventiladores de la casa: los de techo, los de pie, los de piso, y uno chiquito de mesa que desde la cómoda te tira aire a los tobillos y a ella le hace volar el pelo largo sobre su espalda perfecta.
Prendieron el aire acondicionado para refrescar y ya lo apagaron. Alcanza con los ventiladores, dicen las mujeres, mientras sudan el patriarcado del horno encendido.
La mayonesa casera que solo se prepara para Navidad llenó hasta el tope la licuadora grande de vidrio que ahora se detuvo, el cuchillo picando sobre la tabla de madera también se detuvo, alguien cerró el toldo para oscurecer y echó flit. Pasa una moto quebrando la calma pueblerina… Escuchás a lo lejos el pedalear destartalado de una bicicleta con un timbre que suena en cada pozo sin que lo toquen. Te preguntás quién es, hacia dónde va, con quien pasará esta noche. Desde el centro de la manzana llega el chapoteo en una pileta vecina. Mientras una cabeza se hunde en el agua fresca enmudeciendo todos los sonidos, vos estás acostada panza abajo mirando los regalos que asoman por la puerta entornada del ropero. Los esconden esperando sorprender cuando ya nadie cree en nada, pensás. Los esconden quizás para recuperar algo de cuando sí se creía. Días llenos de rituales que van desde no poder abrir la heladera o cortar la banana al final para que no se ponga negra, hasta actualizar la marca de estatura en la pared y confirmar que el tiempo pasa.
Los manteles se lavaron y tendieron a la mañana. Ya estarán secos flameando en el alambre al fondo del patio.
Un auto estaciona cerca de la ventana a la sombra de los tilos. Son ellos, cuatro golpes de cuatro puertas que se cierran. Ya estamos todos, susurrás entre los barrotes de la cama. Llegaron temprano este año. Son los últimos en llegar porque vienen de lejos. Dos timbres cortos y conocidos. De la llave puesta en la cerradura, cuelga un llavero con una campanita que suena al abrir la cancel. Se corre el toldo, se abre la heladera para servir limonada fresca en los vasos largos, los verdes. Se cierra la cocina para que el calor no salga y al fin prenden con ganas el aire acondicionado. Llegó el hijo mayor, el que preside la ceremonia de armar la mesa grande con la fuerza del legado y el mandato. Se descuelgan los manteles y se planchan, se sacan los cubiertos y se enciende la radio.
La prima aparece en el comedor saludando en bombacha y con ese único gesto de confianza, deja en claro que estamos en familia consiguiendo así, que el concepto de cotidiano cambie su frecuencia de diario a una vez por año.
Y vos la seguís tímida caminando en patas por el pasillo, pisando las luces del árbol que se reflejan en el mosaico brillante. Tu vestido recién planchado para la noche cuelga de una percha en el tirador del placard. Oís la ducha prendida en el baño, la banana ya está cortada en la ensalada de frutas con cubitos de hielo y el horno, apagado.
Brilla el aceite del Sapolán en el agua quieta de la pileta vecina. Bajó el sol.
Alguien riega la vereda para refrescarla. Y entonces, justo antes de saludar a todos, respirás profundo y te guardás para siempre ese perfume a tierra mojada.
* Publicado en la revista Sinécdoque.
