Rengos de amor
Por Fabián Florella
Los odiadores de siempre tuvieron, como efímeras imágenes del tan deseado apocalipsis que no fue, la ansiada foto de la basura en la calle y su videíto de viernes con la policía interviniendo en una gresca menor.
La oposición política podrá montar su show y solicitar una especie de rendición de cuentas acerca de cuestiones contractuales, que jamás fueron secretas ni privadas, como excusa para no reconocer el éxito de una gestión.
Pero nada más.
Otra vez la celebración resultó una fiesta. Como la del Salame, la de la Cerveza o el Mastaii- la presentación de La Renga tuvo todos los ingredientes de una fiesta popular que le dio un matiz distintivo al caluroso sábado de enero.
Fue, como lo queríamos y lo soñamos tantos, un pacífico desborde de alegría y color; vislumbrada en la previa en cada parrilla improvisada o en cada juntada bajo la sombra de los árboles y, luego del concierto, en los cuerpos fatigados, sudados, polvorientos -pero henchidos de amor y felicidad- del pueblo rengo que también tuvo tiempo para el sincero agradecimiento que nos brindaron a todos los mercedinos, no solo por parte de los artistas sino también quienes vinieron a verlos.
Mercedes tuvo otra vez, gracias a un gobierno popular que está dispuesto a tomar riesgos de los buenos y brindarle a sus ciudadanos espectáculos de calidad a precios razonables y a pocas cuadras de su casa, un gran acontecimiento cultural de masas.
Y de paso, o no tanto, un evidente beneficio económico directo derivado del consumo de las más de cuarenta mil almas que asistieron, como así también el beneficio -indirecto- que significa instalar la ciudad y sus atractivos en la agenda nacional y provincial como un polo turístico y, porqué no, como una plaza de fuste para la realización de otros espectáculos multitudinarios.
Y fue otra vez en el templo de las fiestas populares que son los espacios públicos, que es la calle y también el Parque Municipal, porque es allí donde todos pueden disfrutar plenamente y por igual más allá de algún lógico desborde -normal en semejante movilización- de alguna meada inconveniente o de algún rezagado durmiendo en la puerta de una casa.
No hay celebración más perfecta que la que ocurre en un espacio público y con artistas populares abrazados por el pueblo en la calle. Ni en un microestadio, ni en un teatro. Ni siquiera en una cancha, sino allí en ese lugar sagrado que es de todos.
Fue, al fin y al cabo, una hermosa noche con el inmejorable marco que siempre brinda nuestro bello Parque.
Habrá para mejorar, seguro. Hubo errores, claro. Pero sobró la solidaridad de nuestra gente, sostenida -una vez más como en la pandemia entre otras emergencias- por uno de los pilares de la activa sociedad civil como lo son los clubes, que se abrieron -generosos y dignos- ofreciendo mucho más que un simple lugar de acampe.
Vivimos una verdadera e inolvidable fiesta popular. Habrá quienes protesten porque no trajeron un ballet; otros que pedirán por un artista que exprese mejor sus gustos estéticos y musicales. Pero lo cierto es que pasó por Mercedes la mayor expresión artística de la Argentina en términos de masividad en la que, tanto los vecinos de a pie como sus dirigentes, dieron la talla.
Y todos, al menos los que nos emocionamos cuando las mayorías populares son las principales invitadas al festejo y forman parte de él, disfrutamos y agradecemos la oportunidad de vivir estos hermosos encuentros del pueblo con sus artistas.
Siempre habrá que pedir, como dice Silvio Rodríguez, que nos perdonen “los muertos de nuestra felicidad”. Vayan entonces las disculpas a quienes tuvieron que sufrir las molestias, los ruidos, la basura por unas horas, que tal vez hayan sido largas puertas adentro. Estoy seguro de que ya se está trabajando para, en el futuro, minimizarlos o, porque no, convertirlos en una ventaja para los vecinos.
Pero, en cualquier caso, debemos entender también que la vida en comunidad reclama esas mínimas incomodidades, esfuerzos o pequeñas concesiones individuales en beneficio de las mayorías. Porque así como agradecemos o aprobamos la presencia del Estado cuando nos mejora la calidad de vida con obras, salud pública, alumbrado, creación de espacios verdes o políticas inclusivas de cualquier índole, también debemos aceptar y entender que por la puerta de nuestros hogares pueda transcurrir un poco de la historia cultural de nuestro pueblo. Aunque nos ensucien los portales.
Ninguna fiesta popular es “inocua”. San Fermín, el Tour de France, los desfiles militares y tantas otras, ocurren en las calles, frente las casas de miles de personas que viven naturalmente esos mítines; porque la calle es históricamente el lugar de los festejos y las manifestaciones del pueblo.
Ojalá este encuentro sirva para interpelarnos como vecinos acerca del valor del espacio público y su uso por parte de la comunidad. Y que lo sea más allá de los discursos que nos instan a tener como única preocupación el brillo de la vereda nuestra, aunque a la del vecino le falten las baldosas que nosotros celosamente e inútilmente guardamos.
Y más allá también de que quienes denostan y aborrecen las manifestaciones populares en las calles sean los mismos que expresan su euforia cuando los bares ocupan plazas, aceras y veredas para hacer más rentable su negocio.
Por eso, y por tantas otras cosas, yo ofrezco mi calle para que otra fiesta del pueblo suceda. Porque, como dice la canción, “sin esta gente pa’ qué cojones quiero pasar”.
