MALVINAS Y LA IDENTIDAD NACIONAL

Por Guido Alberto Tiberi

Hay cuestiones históricas que uno puede estudiar en los libros. Y hay otras que forman parte de la propia vida.

Para quienes vivimos la guerra de Malvinas en 1982, las islas no son solamente una cuestión diplomática o territorial. Son también un recuerdo personal. Forman parte de una experiencia que difícilmente pueda ser comprendida del mismo modo por quienes nacieron después. Yo viví aquella guerra y quizás por eso me cuesta aceptar la forma en que, con el paso del tiempo, las Malvinas fueron convirtiéndose en un elemento casi obligatorio de la identidad nacional.

Recuerdo demasiado bien cómo empezó todo. No fue una epopeya nacional espontánea, sino una decisión tomada por una dictadura militar que gobernaba un país atravesado por una profunda tragedia política, institucional y humana. La recuperación de las islas despertó un sentimiento patriótico genuino en millones de argentinos, pero ese sentimiento fue inmediatamente utilizado por un régimen que encontró en Malvinas una oportunidad para recuperar legitimidad. Durante un tiempo lo consiguió. El país volvió a sentirse unido.

La guerra, sin embargo, mostró rápidamente la distancia entre el patriotismo de los discursos y la realidad de los jóvenes enviados a combatir. Mientras ellos luchaban en las islas, la vida cotidiana continuaba. Se jugaba el Mundial de España, los campeonatos locales seguían disputándose y el país no detuvo completamente su rutina. No lo digo para condenar a nadie. La vida continúa incluso en medio de las tragedias. Pero esa simultaneidad revela que el patriotismo real suele ser mucho más complejo que el que luego construye la memoria colectiva.

La derrota dejó otra contradicción todavía más difícil de explicar. Los soldados regresaron, pero durante años fueron prácticamente ocultados. Aquellos jóvenes que habían sido enviados a combatir en nombre de la patria pasaron a convertirse en un recordatorio incómodo de un fracaso que la sociedad y el Estado parecían querer olvidar. Primero fueron exaltados; después, silenciados. Esa contradicción continúa siendo una de las heridas más profundas que dejó la guerra.

Con el tiempo, la cuestión Malvinas adquirió una nueva dimensión política. Mientras la reivindicación soberana permanecía como uno de los grandes consensos nacionales, la Argentina avanzaba, en muchos otros aspectos, hacia formas crecientes de dependencia económica, financiera y política. Esa convivencia entre un fuerte discurso soberano y una realidad marcada por condicionamientos externos plantea una pregunta incómoda: ¿puede una sociedad ser profundamente nacionalista respecto de un territorio y, al mismo tiempo, profundamente dependiente en otros aspectos decisivos de su vida? La experiencia argentina parece demostrar que sí.

Quizás por eso Malvinas terminó ocupando un lugar tan central en nuestra identidad. Es una de las pocas cuestiones capaces de producir una sensación inmediata de unidad nacional. Allí desaparecen, al menos por un instante, las diferencias políticas, sociales e ideológicas. Todos pueden coincidir en una misma afirmación: “Las Malvinas son argentinas”. Pero esa coincidencia no alcanza para construir una identidad nacional. Una nación no se define únicamente por aquello sobre lo que todos están de acuerdo, sino también por el proyecto común que es capaz de construir respecto de su educación, su justicia, su economía, su cultura y su democracia.

Siempre me llamó la atención que la cuestión Malvinas reaparezca con tanta intensidad cada vez que la Argentina enfrenta deportivamente a Inglaterra. El fútbol carga esos partidos de un simbolismo que parece convertirlos en una revancha histórica. Sin embargo, los jugadores actuales no combatieron en la guerra y muchos ni siquiera habían nacido cuando ocurrió. Si necesitamos permanentemente a Inglaterra para reafirmar nuestra identidad, entonces Inglaterra sigue ocupando un lugar demasiado importante dentro de esa identidad.

Existe además otra paradoja. En la Argentina abundan los discursos contra el colonialismo y la dependencia, mientras muchas veces se admira automáticamente todo aquello que proviene del exterior. Se supone que lo importado es mejor, que los modelos ajenos son superiores y que el reconocimiento extranjero constituye una medida de nuestro propio valor. Pero la dependencia no consiste solamente en obedecer; también consiste en mirar permanentemente hacia otro para saber cuánto valemos. Una nación puede rechazar el colonialismo territorial y, al mismo tiempo, conservar formas mucho más sutiles de dependencia cultural.

Por eso creo que las Malvinas deben ocupar un lugar importante, pero no el lugar central de nuestra identidad nacional. Son una cuestión irrenunciable de soberanía. Son parte de nuestra historia. Son el recuerdo de una guerra absurda y, sobre todo, de los jóvenes que fueron enviados a combatir y que durante demasiado tiempo no recibieron el reconocimiento que merecían. Pero no deberían convertirse en la única manera de sentirnos argentinos.

La Argentina también es su lengua, su literatura, su ciencia, sus universidades, su música, su cultura, su enorme territorio continental y su capacidad de creación. Es, asimismo, sus fracasos, sus crisis, sus dictaduras, sus errores y sus contradicciones. Una identidad nacional madura no se construye únicamente con aquello de lo que uno se siente orgulloso; también debe ser capaz de reconocer aquello que hizo mal. Quizás la verdadera independencia consista precisamente en empezar por allí.

Yo viví la guerra. Viví el entusiasmo inicial, la derrota, el regreso de los soldados y el largo silencio que vino después. Por eso me resulta imposible mirar Malvinas como una simple consigna. Para mí, Malvinas es también una pregunta sobre la Argentina: sobre su historia, sus gobiernos, sus guerras, sus dependencias y, sobre todo, sobre su identidad.

Porque todavía debemos responder una pregunta esencial: ¿quiénes somos los argentinos cuando no estamos hablando de Inglaterra? Si somos capaces de responderla a partir de nuestra historia, nuestra cultura y un proyecto propio, entonces tendremos una identidad nacional. Pero si necesitamos permanentemente a Inglaterra —como enemigo, como modelo o como referencia— para recordar quiénes somos, tal vez el problema no esté solamente en las Malvinas. Tal vez el problema esté en nosotros.

Y quizás la verdadera independencia consista en poder afirmar, al mismo tiempo y sin contradicción, que las Malvinas son una cuestión irrenunciable de soberanía argentina, pero que la identidad argentina es infinitamente más grande que las Malvinas.