Fuegos de artificio

Por Fabián Florella

 

 


Cada 21 de septiembre nuestra ciudad produce una
particular y bella manifestación estudiantil. Un desfile de colores, amores, papeles al viento, redoblantes y pirotecnia. Una gran celebración; una manifestación genuina, autóctona, identitaria y tal vez de características únicas en la Argentina. Una concentración de energías ardientes que culmina en largas noches, en inolvidables bailes.

Lo festejamos los que sabemos de picnics, corridas en el Parque y clases sin dormir al día siguiente, previo desayuno en Capurro o en el Bar Fernández. Lo festejan hoy; lo celebrarán siempre.

Más allá de los desbordes que vulneran la prohibición de pirotecnia sonora que rige en nuestra ciudad, más allá de pequeños actos de vandalismo o violencia que no me atrevo a criticar porque los he protagonizado y no han pasado de una pelea, de una flor arrancada, de un papel tirado; más allá de la justa queja por las personas que padecen de intolerancia a los ruidos por estrictas cuestiones de salud y de los animales que sufren y que –reitero– ocurren a pesar de la prohibición expresa del municipio y de la conciencia que tenemos la mayoría de los ciudadanos al respecto, lo que sucede cada Día del Estudiante es una fiesta. Una fiesta juvenil, una fiesta inclusiva.

Porque aunque los estudiantes de cada establecimiento educativo se empecinen en derroches y pugnen por destacarse a fuerza de gastos desorbitantes en un absurdo alarde del que los padres son voluntarios y orgullosos protagonistas en muchos casos, se trata de una fiesta popular, una fiesta de todos los estudiantes de la ciudad, una fiesta que es una hermosa tradición. La tradición de celebrar juntos; esa comunión que tanto nos hace falta y que va siendo una excepción en estos tiempos de individualismo a ultranza. Celebrar y juntarnos, celebrar y mezclarnos, celebrar y reírnos, celebrar y desbordarnos.

Sin embargo, para algunos esos amores de estudiantes son flor de un día, como en la canción. “Hoy un juramento, mañana una traición”. Lo festejaron sí, pero era distinto dicen, como también distintos fueron o serán los festejos de su gente; porque están convencidos que efectivamente son distintos y que esa distinción alcanza hasta para que deban tolerarse sus excesos, que ojalá fueran solo los de la rebeldía estudiantil.

Me atrevo a decir, con una certeza casi absoluta, que los mismos que alzan sus indignadas quejas por la suciedad en las calles, por la intervención de las autoridades para ordenar y para permitir el paso de los jóvenes, por los bombos sonando, por los desbordes y los estudiantes bailando y cantando en la vereda, son los mismos que denuestan los Corsos, La Fiesta del Salame, el recital de La Renga, La Fiesta de la Cerveza o cualquier otra manifestación popular. Los que despotrican contra “Los cosos de al lao”, contra los que quieren oponer su corazón y sus colores al gris de la ciudad.

Me atrevo a aventurar, con igual margen de acierto, que aprovechan estas circunstancias, como aprovecharon la desgraciada muerte de Braian en los pasados carnavales y como aprovechan cualquier desborde de la naturaleza, para criticar al gobierno comunal. Un gobierno popular que transformó la ciudad, que nos deja otra ciudad, con cientos de cuadras asfaltadas, con el Paseo de la Ribera que es un orgullo y un placer, con políticas inclusivas en materia de primeras infancias, salud pública, educación, ancianidad; al que sin embargo pretenden criticarle cada acción de gobierno y cada medida adoptada con una saña y un ardor digno de mejores y más trascendentes batallas. Un gobierno comunal que nos hace más iguales y nos invita al sueño colectivo.

La maravilla de la vida en comunidad, en una ciudad donde afortunadamente pasan muchas cosas lindas, va de aceptar las actividades que utilizan los espacios comunes para festejos excepcionales, deacompañarlos, de permitirlos y, claro, si fuera posible, también de participar.

Abrir puertas, para que en el futuro las abran también nuestros hijos; cobijar, compartir y legitimar esos fastos. Dejar atrás para siempre la Mercedes en Silencio en la que solo se escuchaban los pájaros. Disfrutar y ser más dignos de vivir en esta comunidad. Que La Calle No Calle.