AQUEL ABRAZO
Por Fabián Florella
El televisor estaba en el lugar de siempre. Nosotros también, sentados a una distancia bastante más lejana de lo que aconseja la comodidad visual frente a un hoy indefinible televisor de tubo. La decisión de mi viejo de evitar el efecto dañino de los rayos catódicos, según un mito bastante extendido en aquellas épocas que nunca intenté verificar, me obligaba a esa pequeña incomodidad.
El hoy prehistórico minicomponente con la radio encendida, ubicado detrás nuestro esta vez, era otro de los ritos que se repetían cuando mirábamos fútbol en mi casa.
Sin embargo, no puedo aún encontrar en mi memoria la razón por la que esa tarde de junio coincidimos, como pocas veces en la casa familiar, Diego, Víctor Hugo, mi viejo y yo. Desde entonces se me ocurrió que era un guiño de la fortuna, pues yo ya no vivía allí y mi viejo debería haber estado trabajando.
Nos acomodamos después de comer, el dial en la extraña y casi desconocida para mí Radio Argentina, con un sonido metálico, telefónico, impropio tal vez.
Los primeros pasos del orgulloso pecho del Diez sobre el césped del Azteca despertaron tempranamente la bronca y los nervios de mi padre: no íbamos a enfrentar a Inglaterra con la hermosa celeste y blanca sino con una camiseta azul, la suplente. Si nunca le gustó que jugásemos con otra que no fuera la querida colchonera, no podía él admitir que justo ese día nuestra selección no esté vestida de Argentina.
Empezó el juego y la mano que solo descubrió -e instantáneamente perdonó- Víctor Hugo, nos fue templando el ánimo.
Y entonces arrancó por la derecha el Genio del Fútbol Mundial. Y todo fue perfecto como nunca antes lo había sido y como nunca lo será. Y nos abrazamos.
Tal vez por primera vez en mi vida adulta me abracé con mi padre y en el apretón fueron, sin dudas, lo que significan para mi cada uno de los centímetros de estos casi 4 millones de kilómetros cuadrados y su gente; las Islas, el dolor por los chicos, el amor al país que en nuestro caso se sublima en un proyecto de una patria justa, libre y soberana que el viejo me legó en cada una de sus encendidas defensas de la industria nacional como pilar del desarrollo; en las maravillosas historias de los Pulqui, las IME, el automóvil Justicialista, la política sanitaria de Carrillo, la educación pública y tantos otros relatos que forjaron mi argentinidad al palo.
Claro que iban también en aquel abrazo la celebración de la belleza, el talento, el coraje, la admiración por esa zurda inigualable, por la inteligencia única del 10. Y la fortaleza de ese cuerpo que lo soportó todo. Diego como síntesis de todas las metáforas de lo sublime. Porque percibimos -inmediatamente y sin que necesitemos decírnoslo- que el gol era histórico, único, inigualable. Todo el fútbol argentino en la red de ellos, una estúpida e inocua revancha materializada en la perfecta combinación de arte, amor, creatividad, rebeldía y bravura.
Y si, también, un apretón de padre e hijo que no hubiera sido posible sin el igualmente irrepetible relato, que nos fue llevando en tempo de allegro vivace hasta el cielo de los abrazos. Porque la conquista y el relato son en mi cabeza inescindibles y partes del mismo estremecimiento visceral.
El grito de gol de Víctor Hugo resultó lo suficientemente largo como para que, luego de nuestros propios locos gritos, podamos escuchar la metáfora cósmica más maravillosa jamás dicha. Y llorar con él y su descomunal agradecimiento.
Y después vino el gol de ellos, la pelota de Tapia en el palo. Y sufrir. Y finalmente sentir que esta vez, en el fútbol, nos tocaba a nosotros.
Entre tantas otras cosas que le debo a Diego está entonces aquel abrazo con mi padre en una época en donde esos sentimientos no se comunicaban, donde no existían los abrazos ni los besos ni los te quiero.
Desde entonces ese fantástico momento viene a mi memoria a emocionarme y a exponer el misterio de la felicidad. La antológica conquista maradoniana me liga a Diego, a Víctor Hugo y a mi padre con el cemento de lo imprescindible. Funde en el mismo oro emocional a la pasión por el fútbol, por las palabras, por la radio y por la Argentina grande, plural e inclusiva por la que muchos dieron su vida y por la que otros tantos queremos vivir.
Pues, si padre me ha legado y transmitido su amor a nuestro terruño; Diego y Víctor Hugo son una insoslayable, orgullosa, referencia ética y cultural; y por ello también parte de mi acervo.
Que la mágica jugada de todos los tiempos haya enlazado lo más profundo de mi identidad con sus gestores, los gestores de lo que se me antoja la alegría popular más grande de nuestra historia contemporánea, me llena de amor y de esperanza. Y me impulsa hacia la ilusión de otros sueños de un bienestar compartido. No tan efímeros, no tan íntimos sino gigantes, colectivos y duraderos. Porque, definitivamente, no se puede ser feliz en soledad.

Me estremecen el alma, las palabras de mi primer amigo de la vida. Orgullosísimo. Él sabe cuanto lo quiero.