La parte que nos toca

POR Fabián Florella

 

 

Los vientos del neoliberalismo recargado que desesperadamente volvió a agitar Macri en el vergonzoso acuerdo con Javier Milei como postrero intento de borrar de la faz de nuestra Argentina cualquier atisbo de estado de bienestar y solidaridad en beneficio de la lógica de los negocios ventajeros -no ventajosos- y la rentabilidad -empresaria siempre, por supuesto-, trajeron a mi mente las estrofas de aquella vieja canción de Víctor Heredia ‘Informe de la situación’, ese bello himno que entonábamos en los albores de la democracia y que es un lúcido diagnóstico de aquellos tiempos, dolorosamente aplicable al final de la era macrista, pero que por sobre todas las cosas agiganta los fantasmas de un futuro posible si éste nos sorprende con Milei conduciendo los destinos patrios. Nos toca a nosotros evitar que así sea.

El espanto que provoca imaginar la calamidad que significaría el regreso (desatado, recargado, desaforado) de ese tipo de langosta que ha comido y sigue comiendo mucho a costa de la riqueza del país y del ingreso de los trabajadores, exige todos los esfuerzos posibles por evitarlo.

La misma plaga (y hasta con los mismos nombres) arrasó con nuestra esperanza y nuestra dignidad en los años noventa y luego en el reciente 2015. Idéntico mal al registrado en el golpe del ’55 y en los años anteriores a la llegada de los gobiernos populares al poder, magníficamente retratada por Jauretche en el primer capítulo del ‘El medio pelo en la sociedad argentina’.

Esta plaga, reeditada hoy con nuevos bríos potenciados con la inmediatez de las nuevas formas digitales de comunicación, alimentada por errores, concesiones y bolsillos flacos, es otra vez una amenaza para la integridad de nuestro país y la dignidad de todos sus habitantes; aún para quienes no tienen la suerte de contar con un empleo formal y suponen que no tienen nada que perder y deben darle una lección a la supuesta “casta política”, que no poca culpa tiene, digámoslo.

Sin embargo, esta nueva plaga, ya sin ningún disfraz ni disimulo a la hora de explicitar sus intenciones de cargarse con todo lo construido, llámese educación pública, ayuda social, sistema previsional, derechos laborales, moneda nacional, obra pública y una larga lista de etcéteras, para poner en manos del capital concentrado y transnacional toda la riqueza económica y social de la Argentina, vuelve al acecho.

Y ese poder económico-comunicacional, inmenso y capaz de hegemonizar hasta los pensamientos, está relamiéndose con el botín que se encuentra al alcance de sus manos, aprovechando la decepción y la rabia largamente justificada de tanto incauto que lo perdió todo.

Y es nuestro turno ahora, es nuestra hora de decir que no pasarán.

Nuestra Patria y el proyecto nacional y popular con el que buscamos enamorar al resto de la sociedad porque estamos convencidos de su eficacia para redistribuir y retomar la senda de la movilidad social ascendente; que le dio a la gran mayoría de los argentinos derechos, inclusión, dignidad y futuro, es el que hoy encabeza la resistencia y nos piden, tal vez por primera vez, tal vez con una urgencia desconocida, que salgamos a pelear y a convencer. A los que votaron en blanco, a los que no fueron a votar y también a los que con rabia eligieron patear el tablero y, burlándose de todo, con todo su hartazgo, eligieron a la ultraderecha en las pasadas Elecciones Generales.

Lo que se nos está reclamando es un acto de amor colectivo, no para ejercer el poder ni para conservar o conseguir cargos, sino para evitar el desastre prometido por Milei y despegar definitivamente en la búsqueda de la Argentina Grande y Justa que soñamos.

Las ideas en las que creemos y confiamos están vigentes. El país industrializado, con redistribución de ganancias entre capital y trabajo, creación de empleo, solidaridad, diversidad, inclusión, jamás ha fracasado. En todo caso hemos contado con dirigentes cobardes, con funcionarios mediocres, timoratos o incapaces de estar a la altura de la Historia. Pero no caben dudas de que podemos dar la cara por nuestras ideas e identificar los errores o las capitulaciones de quienes durante este tiempo no dieron la talla. Y asumirlos. Pero no resignarnos, porque los años más felices…

Tenemos enfrente un poder concentrado personificado por Milei que promete (y se regocija con la posibilidad de) hacer estallar el tejido social. Y no solo a atomizar y despedazar a la sociedad con la prédica del individualismo a ultranza, sino también -y fundamentalmente- de eliminar todo atisbo de solidaridad y presencia del Estado tanto para los ciudadanos como en el control de las industrias estratégicas. Y a la par de ello, como si fuera poco, barrer con los derechos más fuertemente arraigados en nuestra sociedad.

Debemos dar una pelea épica para ganar cada voto, para convencer. Me animo a pedirlo, necesito decirlo. Debemos dar esa pelea puerta a puerta, cara a cara. Debemos convencer a los que queremos pero también a los indiferentes. Es crucial.

No podemos permitir que vendan nuestras riquezas, que hasta nuestros propios cuerpos y órganos pasen a ser mercancía, ni que se libere la venta de armas, ni que expriman aún más nuestro ecosistema (recordemos que Milei niega el calentamiento climático), ni que eliminen la salud y la educación pública que prohija al 70% de los estudiantes, ni que se elimine la ayuda estatal a los más necesitados, ni que se deroguen todas las leyes que protegen el trabajo y se eliminen las paritarias.

Cuando nuestros dirigentes, aludiendo a la magnífica obra del General Perón, nos hablan de la Comunidad Organizada, no se están refiriendo a estructuras jerárquicas, ni a liderazgos mesiánicos sino al interés colectivo, cuyos mejores resultados -en las antípodas del pensamiento liberal que hoy enfrentamos- se obtienen a partir de la colaboración de todos los integrantes de la sociedad, y no de su competencia. Y nos están diciendo también que debemos pelear para ganar derechos y ganar justicia; y que la libertad es una elección, no la decisión individual de hacer lo que nos apetece sin que nos importen sus consecuencias en los demás. En suma, que la Comunidad Organizada es la búsqueda, la eterna búsqueda del peronismo, de una sociedad más justa, mejor y más feliz.

Y debemos actuar con fe y serenidad, como reza la canción que trajera a cuento. Con valor y con amor. Seamos la rebelión frente a los poderosos que hoy son representados por un señor pretendidamente excéntrico de traje y peluca, movido a control remoto por Macri y todo el poder económico concentrado de la Argentina.

Llevemos nuestro mensaje a los que no quieren ir a votar, a los que dudan, a los que tienen justificada bronca. Digamos, convencidos nosotros, que la esperanza está del lado de los que prometen poner el Estado al servicio del pueblo y no de aquellos que pretenden apropiarse de las riquezas y el futuro de los argentinos, y que bajo un falso ropaje de novedad son la más acabada representación de los que quieren conservar y perpetuar su prepotente y gigantesco poder económico.

 

(A la memoria de mi padre, que en sus instantes finales, luego de pedirnos que sus restos permanezcan para siempre junto a los de su amada Hilda y disculparse con mi hermana Gabriela porque no iba a estar en su cumpleaños, se lamentó por no poder ir a votar en el próximo balotaje. Por él entonces, por su esperanza, su ilusión y su inmenso amor por la Argentina).