Por Fabián Florella
Da gusto escuchar a los felices hinchas de Racing en su glorioso regreso de Asunción y festejar el logro que, no por esperado, dejó de ser épico. Conmueven todas y cada una de las historias escuchadas del viaje, de las horas de espera y del infierno de calor que fue el estadio donde, los más osados, llegaron a la una de la tarde y soportaron con alegría y resignación el demencial horario del partido decidido por una Conmebol más preocupada por los negocios que por los hinchas, y sobre todo por los jugadores, que padecieron el impiadoso sol guaraní que, sumado a la humedad reinante, llevaba la temperatura ambiente a no menos de 50 grados centígrados.
Pero, culminado ese éxtasis deportivo, estremecen los relatos del amor y la bondad del pueblo paraguayo. No hubo uno solo que no contuviera una anécdota acerca de la solidaridad, el respeto y el cariño con el que fueron tratados nuestros compatriotas. Les ofrecieron, agua, refugio y hasta sus casas y sus baños. A cambio de nada, solo porque aquellos extenuados viajeros lo necesitaban. Así tal vez deberíamos ser todos los hombres y mujeres del mundo. Así son los paraguayos. Y así son -sobre todo- a pesar del dolor eterno que les hemos provocado y que los ha marcado para siempre: La Guerra de la Triple Alianza, Guerra del Paraguay o, mejor, la guerra de la triple infamia, como la definió Juan Bautista Alberdi.
Vale la pena hacer un poco de historia. El Paraguay de la década de 1860 contaba con la primer acería de Latinoamérica en Ibicuy, el primer ferrocarril, uno de los primeros barcos a vapor, telégrafo, bajísimos niveles de analfabetismo, el control estatal de la producción y comercialización del tabaco y, sobre todo, una absoluta independencia de los dos, ya entonces, gigantes regionales; el Imperio del Brasil y la Argentina liberal de Mitre. Paraguay era entonces una potencia con una industria pujante y en desarrollo.
Gobernada por Francisco Solano López, un mariscal federal, proteccionista y un gran estadista que, incluso, recibía palabras de admiración de quien sería el máximo responsable de la matanza de miles y miles de paraguayos.
“Vuestra Excelencia se halla bajo muchos aspectos en condiciones más favorables que las nuestras, a la cabeza de un pueblo tranquilo y laborioso que se va engrandeciendo por la paz, y llamando en este sentido la atención del mundo: con medios poderosos de gobierno, que saca de esa misma situación pacífica; respetado y estimado por todos los vecinos que cultivan con él relaciones proficuas de comercio; su política está trazada de antemano y su tarea es tal vez más fácil que la nuestra en estas regiones tempestuosas, pues como lo ha dicho muy bien un periódico inglés de esta ciudad, V.E. es el Leopoldo de estas regiones, cuyos vapores suben y bajan los ríos superiores enarbolando la bandera pacífica del comercio y cuya posición será tanto más alta y respetable cuando se normalice ese modo de ser en estos países…” le decía Bartolomé Mitre en 1864, un año antes de esa infame guerra, fogoneada por los intereses esingleses que no tenían acceso al algodón egipcio ni indio, ya que ambas naciones se encontraban cursando complejas guerras, ni tampoco del sur de los Estados Unidos que se encontraban en plena guerra de secesión. Y en el Paraguay abundaba esa materia prima vital para las incipientes industrias hijas revolución industrial.
Ese pueblo que aún hoy es tranquilo y laborioso, y también solidario, no fue menos valiente. Abundan los testimonios sobre el coraje guaraní, que no se limitó a sus hombres adultos, puesto que pelearon mujeres y hasta niños, que echaron por tierra la presunción de Mitre de ganar la guerra en tres meses, ya que resistieron cinco años y en por lo menos cuatro de ellos iban siendo los vencedores pero los abundantes recursos aliados finalmente, y con un altísimo precio en vida y bienes, les torcieron el brazo.
Paraguay perdió más de la mitad de la población en esa vergonzante guerra y alrededor del 90 por ciento de sus adultos varones. En la batalla de Acosta Ñu fueron degollados alrededor de 3.500 niños de entre siete y ocho años. Cada 16 de agosto se celebra el Día del Niño en tierras guaraníes, homenajeando a esos pequeños mártires masacrados, en muchos casos junto a sus madres, a manos del ejército imperial brasilero.
Ese pueblo, que debiera rechazarnos y hostigarnos; que debiera clamar venganza, que tal vez pudiera sentir en rencor y el desprecio por quienes, guiado por un general liberal (desde allá vienen las miserias del liberalismo) les quitó toda la dignidad económica y política, mató a sus hombres, mujeres y niños y les robó -junto con Brasil- un 25% de su territorio. Ese pueblo nos dio agua, comida, albergue, cariño, aliento. En definitiva, nos dio el mejor amor, el del que no espera nada a cambio, del que disfruta pudiendo ayudar al otro y darle algo de lo poco que tiene. Ese pueblo que tal vez debiera darnos la espalda nos apoyó en todos y cada uno de los reclamos de soberanía por las Islas Malvinas, y también en la Guerra, sin olvidar que alrededor de 80 hijos de paraguayos y paraguayas dejaron la vida en el conflicto bélico del Atlántico Sur.
Por eso, hoy que el odio de clase ha sido legitimado a golpes de palos de golf, hoy que el discurso supremacista de nuestros gobernantes liberales pretende que ellos serían la cumbre ética, moral, ideológica y estética de la humanidad; vale la pena rendir este pequeño homenaje al pueblo paraguayo, que nos vino a mostrar con grandeza cuáles son los valores que nos hacen mejores.
Salud, hermano y hermoso pueblo del Paraguay. Mis más sinceras disculpas por esa masacre fratricida. Llevaré siempre dentro mío ese dolor que tal vez haya sido en parte, solo en parte, reparado por la devolución de los trofeos de guerra que el General Perón decidiera e hiciera efectiva el 14 de agosto de 1954.
No hay hombres ni ideas superiores sino mejores. Ojalá la lección del pueblo del Paraguay nos ayude a los argentinos a elegir de qué lado queremos estar.