Por Fabián Florella
Hoy no hay clases dijo nuestra madre cuando despertamos; pero no se puede salir a la calle, está prohibido, agregó inmediatamente. Vino luego una breve explicación de un golpe militar y un cambio de gobierno.Y lo que para mis cinco hermanos fue un pedido, un aviso y una orden, para el niño de once años que era yo en aquel entonces, fue una invitación a hacerlo.
Y allí fui inmediatamente, ni bien me pude escabullir de esa casa aún sin llaves, a la Plaza San Luis, a la esquina de mi casa. Era una mañana de otoño, de un sol tibio que recuerdo tanto como el pesado silencio de las calles, las persianas bajas y la sensación de que no era un día cualquiera.
Volví asustado, con la sensación de haber cometido un acto que podía ser severamente sancionado y me senté frente al televisor donde comenzaron a aparecer, precedidas de acordes marciales, lo que hoy sé que se llaman placas televisivas, con comunicados numerados en forma ascendente, leídos por una voz firme y grave, en los que cada tanto se iban sucediendo frases y palabras que nunca había escuchado -“control operacional”, “población civil”- mezcladas con otras que hablaban de orden y de valores occidentales y cristianos.
Así empezó el que es, para mí, el día más triste de la Historia de Nuestra Nación y al que solo comparo, no tal vez en importancia sino en tristeza, con el domingo gris en que, volviendo de la Liga Mercedina de Fútbol caminando con mi padre, nos enteramos de que había comenzado la guerra en las Islas Malvinas.
Así empezó, hace 50 años, un camino de dolor. Un dolor que fue creciendo y multiplicándose exponencialmente a medida que comenzaron a develarse el horror y la crueldad; los crímenes inimaginables que nos laceraban con solo nombrarlos.
Hasta que una vez volvimos a votar. Y lo que fuimos allí a elegir fue menos un partido político que la vida democrática. Votamos con la esperanza de que jamás se vuelva a interrumpir la vigencia de la Constitución, de los derechos, de las garantías, de la libertad. Votamos con las heridas abiertas, con el corazón hecho un trapo. Y con miedo. Porque aún teníamos miedo. Miedo al terror del pasado y miedo a no poder sostener los frágiles cimientos de la recuperada institucionalidad.
Y llego un momento en que lloramos mucho. Lloramos sobre todo con las historias del horror. Lloramos con el Nunca Más, con el Juicio a las Juntas; con La Noche de los Lápices y La Historia Oficial. Y llorábamos todos, los grandes y los jóvenes, los radicales y los peronistas. Y nos abrazábamos, y decíamos que nunca másiban a volver. Y juntos fuimos a la Plaza de Mayo en abril del 85, cuando las presiones políticas y económicas amenazaban la incipiente democracia; como juntas estuvieron todas las fuerzas políticas en los alzamientos militares y en aquellas Pascuas del 87.
Así de esperanzador era el futuro y, a pesar de que la economía nos acorralaba, no dejábamos de andar todos juntos ese camino.
Sin embargo, extrañamente -o tal vez no tanto- a cincuenta años de la tragedia más grande de la Argentina, muchos de aquellos que lloraron y marcharon a nuestro lado, se niegan a mantener viva la Memoria, la Verdad y la Justicia.
¿Qué les pasó? ¿Cuándo abandonaron los ideales del humanismo, de la civilización, de la justicia? ¿Cuándo se olvidaron de que nuestra democracia es hija de aquel dolor?
¿Cuándo fue que dejaron de llorar y se fueron a sentar del lado de los verdugos? ¿Cómo fue que les pasó eso a algunos de nuestros concejales, vecinos de una ciudad que tiene 23 personas detenidas-desaparecidas y muchísimas víctimas de aquel infierno?
¿Cuándo dejaron de avergonzarse y al hablar de las víctimas decir que no fueron 30 mil? ¿Cuándo llegaron tal vez a pensar que ya no es necesario recordar y condenar o, peor, que no les correspondía a ellos hacerlo?
La Memoria, la Verdad y la Justicia, al igual que el Nunca Más, son patrimonio del Pueblo Argentino. Recordar y condenar esa parte de la Historia, a la que no queremos volver, es una acción profundamente política -sin dudas- pero no es partidaria, ni es declamatoria, ni estampoco progresismo vacío.
Por el contrario, es imprescindible, necesario, humano, histórico, justo y universal. Es un acto de defensa de la dignidad, un acto de amor por la democracia recuperada y de profundo rechazo a los peores delitos cometidos por la humanidad. No hay Patria sin memoria, verdad y justicia; sin un completo y total repudio al terrorismo de estado, sin enfatizar que fue una dictadura cívico-militar- eclesiástica. No hay Patria sin condena al horror.